Chapter 34: 34- Blood dreams
Subí la mirada y me miré en el espejo, podía respirar el silencio que nos unía en complicidad, mis mejillas sonrojadas disimularon una sonrisa. Estaba encantada ante su presencia. Mojé mis manos con el agua del grifo. Ella se recostó a la pared y sacó un cigarrillo.
- ¿Quieres uno? - me extendió un cigarrillo con el orillo verde.
- Yo no fumo – Le dije suavemente, sentía cosquillas en la boca al hablarle.
- No fumas –repitió mis palabras como si ya hubiese advertido la respuesta, entonces con torpeza guardó la caja de cigarrillos y encendió el de ella. Era hermosa.
- Ay bebé dejé mi cartera en la mesa- volteé refiriéndome a Meiby sin olvidar ni por un segundo que ella estaba allí.
- Si quieres voy y la busco bebé – Dijo con aspereza.
Era mi oportunidad perfecta, una parte de mi se moría por qué Meiby se fuese y me dejase a solas con la misteriosa chica de la blusa blanca. Sabía que no era lo correcto, haría sentir horrible a mi pesada novia.
- No yo voy contigo a buscarla – Le respondí con firmeza.
- Chao – Le dije amablemente a la chica de la blusa blanca, le sonreí fingiendo indiferencia y la dejé en el baño fumándose el cigarrillo.
- Chao – Respondió sin podernos mirar a los ojos.
Y así me fui, sin saber siquiera su nombre. Encontré a Everth cuidando mi cartera y le conté lo que acababa de pasarme, le dije que había conocido a una chica en el baño y que había bailado con ella. Everth se ofreció a buscarla en la pista de baile mientras yo la buscaba en el baño, el primero en encontrarla le pediría el número. Necesitaba volverla a ver, era una locura, pero había algo en ella, en su presencia, esa conexión increíble cuando nuestros cuerpos bailaban. Ese sentido de pertenencia que había tenido en la pista de baile.
Busqué a la chica de la blusa blanca y el sostén negro por toda la discoteca pero no la conseguí. Había desaparecido, no había rastros de ella, era como si se la hubiese tragado la tierra. Decepcionada fui al baño donde la conocí una vez más antes de irme, tenía el corazón en la boca, era mi última oportunidad. Tal vez ella ya se había ido y no me había buscado, a lo mejor todo había sido cosa de una canción, después de todo la cosidad era aquel sentimiento desagradable que terminaba volviéndose nuestro castigo, o eso decía Cortázar. A lo mejor eso fuimos y había acabado la cosa con el castigo de no volverla a ver.
Me miré en el espejo con desánimo, la había dejado partir y ni siquiera le había preguntado su nombre. Everth me esperaba en la entrada de la discoteca con mi cartera de mano guindándole del hombre, él tampoco había encontrado a mi chica misteriosa pero había encontrado a Luis bailando muy cariñoso con otro hombre. Everth y Meiby me esperaban en la calle, la noche fría solo me recordaba lo sola que me sentía ahora que todo había acabado y no había luces que adornaran mi vacío. La busqué con la mirada recorriendo cada rincón de la calle con una desesperada esperanza de verla. No había más que vacío, ni siquiera un mendigo consolaba las esquinas aquella noche ante tanta ausencia, ausencia pura y dura con el nombre de alguien que solo tenía un rostro perdido. Se había ido. Me hubiese gustado tener la suerte de verla de lejos una vez más.
También nos habíamos enterado de que Luis, el novio de Everth durante tres años, se había besado con Meiby ya varías veces en sus salidas nocturnas, finalmente Luis no pudo con la culpa y se lo había confesado a Everth hace unos días. La verdad no me lo tomé a mal, de hecho estaba buscando la manera de terminar la relación sin lastimar a Meiby y resulta que ella no se tomaba en serio nuestra relación, ¡vaya que fui tonta! Sabía que tarde o temprano sucedería pero quede sorprendida. Una vez más me confirmaba a mi misma que eso que vendían las tarjetas de felicitaciones era todo lo que sabía del amor, mentiras con sabor a chocolate.
Se acabó, se había acabado (y a decir verdad, aquí empieza la verdadera historia) Una parte de mí, la más caprichosa pensaba en aquella desconocida con la que había bailado en la discoteca y de la que no supe nada más, quería conocerla y saber todo de ella. En cambio, mi parte más racional, sabía que las posibilidades de volverla a encontrar eran una en un millón y si eso ocurría las posibilidades de que fuese la mitad de lo que esperaba, aquella chica dulce y sensual que podía acariciarme el alma en un baile, eran inexistentes. Aun así, el romper con Meiby y no saber nada de ella me ayudaba a poder pensarla e idealizarla sin ningún tipo de remordimiento.
Todo el mundo alguna vez había tenido un encuentro casual, un momento fugaz con alguien, descartando cualquier probabilidad a favor de encontrarse de nuevo a esa persona. Yo no quería olvidarla, ni descartar la posibilidad de volverle a ver por muy pequeña que fuese la expectativa viviría adentro de mi cada vez que pisara el centro de Mérida, visitara locales nocturnos o me sentara en alguna plaza a comer helados, tal vez si ella iba a la misma hora y coincidíamos en algún lugar en el momento exacto nos podríamos encontrar. Esa noche me había sentido completamente vacía, y ella se había llevado mi soledad en un segundo. ¿Había enloquecido? ¿Me volvería a sentir así alguna vez? El inesperado click de un baile espontaneo me hacía sentir que teníamos un montón de filiaciones en común. La había encontrado sin saber su nombre, sin tener una pista de quién era y ella me había dado sin quererlo una excusa para darle un lugar en mis recuerdos.
Era un domingo lluvioso y frio previo al inicio de clases. Arropé mis rodillas raspadas y escuche la canción que había bailado con aquella chica en Mérida. La repetía una y otra vez reconstruyendo en su mente la escena del baile y las oportunidades desperdiciadas, no le había preguntado siquiera su nombre por no lastimar a una persona que me fue infiel. Había perdido todas las oportunidades, ya se había ido para siempre. Pasaba las horas fantaseando con que volvía a vivir esa noche y nos besábamos, escuchaba su nombre y su signo zodiacal, y mágicamente teníamos la compatibilidad más grande del zodiaco, pasábamos noches insaciables de sexo desenfrenado y yo descubría que era el amor de mi vida. Me iba por los sueños dibujando aquel rostro que me había aceptado aquella danza, caminaba sobre ilusiones impostoras, me perdía en falsos episodios construidos en soledad. Mi desconocida estaba allí, en un pensamiento suspendido por el tiempo, estaba allí hasta en sueños que no entendía, dónde veía su rostro y sentía sus manos y de pronto el sueño desaparecía y yo me hallaba despierta y confundida.