Chapter 7: capítulo 5
El viaje hacia su hogar fue un poco más tranquilo, la presencia de Eliade había desaparecido nuevamente, infortunadamente no ocurría lo mismo con Paulina; pero era más reconfortante ver a alguien conocido a estar con alguien que le generaba pavor con sus ojos de serpiente color verduscos.
La casa de Sonia Rigan se ubicada en las cercanías de nob hill y estaba tal cual como Alfred la había conocía. Tenía el mismo color azul cielo que le parecía realmente llamativo desde su infancia, había algunos floreros con diversas especies multicolores decorando el hogar y aún estaba la alfombra azul cubriendo las gradas de la entrada principal.
John Alfred estacionó su automóvil en el parqueadero de la casa, luego se dirigió hacia la puerta y contempla la tranquilidad de su antiguo barrio. El césped de su hogar estaba en óptimas condiciones y los muros de madera que sostenían el techo y cubría la entrada principal de su residencia aún estaban en perfecto estado con su majestuoso color blanco.
El caballero por un momento se sintió conmovido al reencontrarse nuevamente en casa. Dirige la mirada a un hogar vecino de color acre donde solía vivir Robinson y recuerda que él se encontraba ya muy lejos, también se preguntaba por las grandes amistades adquiridas luego de salir del hospital y le apoyaron mucho en mejorar su bienestar.
Sin perder más tiempo John Alfred toca con fuerza la puerta de madera blanca de su hogar. Poco después salió su madre, la dama estaba inigualablemente bella. Aún conservaba su corte francés y su cabellera azabache sin presencia de alguna cana, el rostro por su lado estada deteriorado por los años, sin mencionar sus marchitos ojos que eran protegidos por unos lentes de aumento usados para leer.
― Hijo mío, qué bueno tenerte por estos lados, te encuentras muy pálido cariño― Sonia Rigan observaba preocupadamente a su hijo mientras le tocaba su tosco rostro.
Desde el interior de la casa comenzaba a desprenderse el incesante olor a incienso. Alfred detestaba aquel olor; pero no le dice nada a su madre, posteriormente
fue guiado hacia la sala. En el pasillo Alfred observa que su madre se había vuelto más allegada a Dios por los símbolos religiosos colgados en la pared.
― ¿Has estado más protegida con todos estos símbolos religiosos madre? ―Alfred se dirigió hacia el amplio asiento y su madre se dirige hacia la cocina para preparar algo de té.
―Afortunadamente si―desde la lejanía Sonia respondía mientras ponía la tetera a calentar.
Durante el tiempo en que Sonia Rigan estuvo en la cocina John Alfred detalla el lugar. Al frente suyo se encontraban varios cuadros, allí se estaba una foto suya cuando tenía 16 años, edad en que su mundo había cambiado por una mala decisión de la cual hizo a Cristopher un hombre aficionado al licor para tranquilizar su desespero.
Tal suceso hacía sentirlo culpable y en muchas ocasiones se sentía con minusvalía al recordar todo lo vivido por su madre con Cristopher.
No fueron las únicas malas vivencias de Sonia. Alfred se entera meses después de salir de la clínica sobre las anécdotas tenebrosas que sufrió su madre y la enclaustraron en un tiempo en su hogar; pero que con ayuda del doctor Mirko y de un sacerdote ella pudo lograr volver a vivir con más armonía.
Pronto regresa Sonia con las dos tazas de té. La dama depositó los pasillos con cautela en la pequeña mesa de madera y se sienta en el asiento de su lado, luego adquirió con cautela la taza y dirigió sus ojos color miel hacia el intranquilo Alfred.
―Te veo más tranquila madre, ¿no ha vuelto a pasar algo raro aquí? ― John Alfred adquirió la taza temblorosamente sin perder de vista a Paulina que se sentaba al frente de su silla.
―Afortunadamente no. Desde que el padre Ezequiel vino no han vuelto a pasar nada raro. He estado más cercano a él y he aprendido a orar, últimamente suelo hacerlo por ti para que todo te salga bien. Cambiando de tema, he sabido que pronto estarás presentando unos importantes proyectos en la universidad, también me ha escrito hace un par de días tu amiga Brenda Clarnor, me ha dicho que tus propuestas le han sido de gran ayuda.
―Es bueno saber de Brenda, tal vez vaya a saludarla. Por otro lado, me alegra saber que ya estés mejor con todo lo ocurrido en esta casa― expresó John mientras miraba a su madre sonreír.
Aquel mal pasado se estaba dejando a un lado; aun así, Sonia recordaba en múltiples ocasiones lo vivido. Todo había comenzado después de que Sonia Rigan tuvo el escalofriante encuentro con los misteriosos entes del bosque cuando buscaba a su hijo en su primera desaparición. A decir verdad, no podría decirse a ciencia cierta si esos fueron los comienzos de las actividades paranormales que pusieron a Sonia Rigan en tratamientos con el doctor Mirko Spolowski.
―Y dime hijo ¿Cómo te sientes? ― Sonia Rigan detallaba a su hijo mirar fijamente hacia el horizonte como si algo lo estuviese hipnotizando.
―Bueno mama, bien sabes como es mi enfermedad, hay días que no son del todo buenos; pero hay otros que me he sentido mucho mejor.
―Te entiendo; pero ¿Cómo te has sentido actualmente? ―el teléfono sonó en ese instante, inmediatamente Sonia con asombro se dirigió hacia el aparato ubicado por el pasillo de la entrada principal.
Ante la ausencia de Sonia, John Alfred observa el salón de trabajo de su madre aledaño al de la sala donde se encontraban unos documentos ordenados numéricamente. Al principio de los documentos había sobre que iba dirigida a una doctora de nombre Lorraine Wall. El joven no puede contener la curiosidad y con incertidumbre leyó detenidamente la carta.
«Doctora Lorraine
En verdad tienes un gran poder de convencimiento para que lograra escribir todo lo ocurrido en mi casa.
Tal vez me dio fuerzas el padre Ezequiel con sus sabios concejos para hacerlo, gracias a él pude desahogarme e ir dejando a un lado mi oscuro pasado donde tuve que ser fuerte para ver a mi hijo interno en un hospital psiquiátrico y a mi esposo hundirse en el alcohol.
Bendigo todo el tiempo al padre Ezequiel por todas las maravillosas obras hechas por mí, por mi esposo y por supuesto por las obras concebidas en mi pequeño John. El padre ha sido maravilloso, le fue de gran ayuda para que culminase sus años de estudio y se proyectara en sus metas.
Adjunto con esta carta mi historia, espero que le sirva para saciar su inquietud por revelarle este secreto, espero que en nuestro próximo encuentro no se hable más de este tema. Sabes que es broma amiga, puedes preguntarme todo lo que desees.
Hasta una próxima ocasión.
Te quiere Sonia Rigan Sweith»
―Estas notas ya deseo que sean parte de mi pasado hijo mío, aunque mi gran amiga quiere conocer de esta historia―la presencia de Sonia Rigan no se sintió llegar en el cuarto de estudio.
―Se ve bastante interesante mama, me gustaría leerlo―John Alfred hojeaba los papeles de su madre con temblor y trataba de disimular la inquietante compañía de Paulina.
―Claro hijo mío, puedes hacerlo, me agrada tener tu compañía en casa. Tu padre ha deseado volver hablar conmigo, ahora se encuentra viajando y no llega hasta la otra semana, si quieres puedes acompañarme hasta que él llegue.
―Ya veremos mama, y ¿Cómo van las cosas con él? ―Alfred volvió a colocar los papeles de su madre en el escritorio aun tratando de calmar su temblor.
―Como te he dicho volveremos a hablar, sé que esto es realmente difícil para ti después de todo lo sucedido; pero tu padre ha reflexionado y se siente arrepentido por haberse ido sin dar razón alguna, ahora más que nunca desea recuperar el tiempo contigo y volver a estructurar la familia.
―A decir verdad, yo no le guardo rencor alguno, por lo contrario, me alegra que regrese a casa, he entendido que su comportamiento ha sido generado por mi enclaustramiento en la clínica y eso se lo respeto.
― Me alegra escuchar eso hijo mío, yo tampoco le guardo resentimiento. Ahora bien ¿Quieres tomar más te?, te noto un poco intranquilo, o dime ¿Hay algo que deseas compartirme?
John Alfred observó detalladamente los gestos tiernos de su madre. El joven se dirigió hacia ella y le dio un fuerte abrazo, sensación celestial que hizo a John Rigan un ser más tranquilo, protegido y por bien servido por tomar la decisión correcta de realizar su viaje a casa.
―En verdad no sabría que hacer sin ti, tu apoyo es verdaderamente grande para mí, inclusive con lo ocurrido a mis dieciséis años no me abandonaste
―Déjalo todo en el pasado hijo mío, siempre tengo fe en ti―Sonia Rigan le dio un beso en la frente de su hijo y le limpió sus lágrimas con ternura―. Que te parece si esta noche preparo el plato que más te gusta, puedes llamar a algunas de tus amistades para que vengan.
―No mama, esta noche deseo estar solo contigo, me siento más tranquilo así― Paulina pasó por un lado suyo y lo observa con un gesto serio. Nuevamente Alfred adquirió los papeles de su madre y se dirigió hacia su cuarto para leerlos más tarde.
El joven se dirigió en el segundo nivel hacia su habitación. El lugar era muy amplio, había una gran cantidad de libros cuidados desde su niñez organizados alfabéticamente en su biblioteca. En la pared había una gran cantidad de fotos con grandiosos recuerdos en sus seis años después de salir la clínica.
La habitación estaba ordenada y tenía un delicioso aroma a flores que lo hacía sentir realmente tranquilo. El joven deja los documentos de su madre en la cómoda cama y se dirigió a dar un vistazo a las fotografías para no prestarle atención a Paulina.
John Alfred tomó asiento en su silla de estudio y comenzó a observar los rostros de sus amistades cuyas fotografías tenían una nota con algunos sus nombres.
― mis grandes amigos: Brenda Clarnor, Paola de la Rosa, Lily Crowlet, Paulina Hoffman y mi gran amor Ariana Brum; gracias a todas por sus enseñanzas y el apoyo dado― expresa Alfred entre lágrimas.
Un fuerte golpe escalofriante comenzó a surgir en su espina dorsal al leer el nombre de su ex novia. El joven dirigió la vista hacia una de las fotos donde ella se encontraba. Era una hermosa dama de estatura baja, piel trigueña cuya sonrisa era realmente maravillosa por sus blanquecinos dientes; al lado derecho se encontraba Alfred abrazándola y dándole un beso en su mejilla, era una foto donde ambos se mostraban realmente felices.
El joven Alfred se siente nostálgico y acaricia la foto de ex novia con ternura, en ese instante comienza a recordar aquella relación mientras leía la nota de la fotografía que decía: «los mejores momentos de mi vida»
Ariana Brum, como se llamaba el ser que aun amaba Alfred Rigan, la conoció un año después de salir del hospital de Oregón. El encuentro fue una verdadera coincidencia, normalmente Alfred había comenzado a realizar caminatas para ejercitarse. Fue en una de esas ocasiones donde encuentra a la bella dama en un parque leyendo un libro de filosofía.
La hermosa dama de piel trigueña y ojos color miel se encontraba distraída leyendo emocionalmente aquel grueso libro sobrecosido. A decir verdad, ni siquiera se dio cuenta cuando John Alfred se le aproximaba.
Con miedo, el caballero tuvo la gran osadía de dirigirle alguna palabra a la dama de gruesos labios que desprendía un agradable aroma al ambiente. Su vestido rojo con cuadros negros la hacía ver realmente hermosa y se podía divisar sus delineadas piernas desnudas que la hacían lucir sensual.
―Hermoso día para disfrutar de la lectura, ¿no crees? ―John Alfred dirigió la vista hacia la dama que se reacomodaba en su asiento de madera con espaldar inclinado. Ariana dirigió sus bellos ojos ante el caballero y deja lucir su bella sonrisa, luego asintió ante la pregunta y dirigió la mirada nuevamente hacia el libro.
―Me llamo John Alfred, también me gusta leer Sócrates― La dama nuevamente dirigió la mirada hacia el caballero y realizó un gesto de incertidumbre ante el ultimo comentario.
― Que bueno caballero, me encanta también leer Sócrates, por cierto, me llamo Ariana.
―Es para mí un placer conocerla bella Ariana.
―Sin tanto halago querido Alfred, también es bueno conocerte― la dama dirigió su delineada mano derecha hacia el para saludarlo cordialmente.
La charla entre ambos se fue prolongando paulatinamente después de que a Alfred se le pasara la pena. La riesgosa estrategia que pudo catalogarlo como atrevido por hablar con alguien recién conocido fue casualmente exitosa, por lo menos eso presentía John Alfred al notar que Ariana no sentía alguna incomodidad por su compañía.
Fue una hermosa platica donde Alfred conoció algunas particularidades de Ariana. Era una dama que se encontraba estudiando filosofía en la universidad, cursaba el cuarto semestre y tenía para ese entonces la misma edad de John, lo cual la hacía ser más llamativa para él. También era una mujer amante del arte, de la literatura, de lo místico y todo lo que le parecía extraño a la humanidad a ella le parecía realmente llamativo.
Después de una larga hora de charla, Alfred nota que Ariana debía ya marcharse, fue así como le solicita su número telefónico para seguir hablando. La dama le obsequio el número en un trozo de papel y pronto se marchó del lugar.
Los encuentros entre ellos se volvieron cada día más casuales, compartieron espacios para caminar, ir a teatro, a cine y a otros momentos amenos donde ambos disfrutaban del momento. Poco después establecieron una relación que duró dos años y medio, tiempo en el cual Alfred tuvo grandes experiencias y vivió maravillosas experiencias con la primera mujer de su vida.
La remembranza de su relación se cortó de inmediato cuando Sonia Rigan lo llamó para la comida. El joven se levantó nuevamente de su asiento y se dirigió hacia su baño privado para bañarse, posteriormente sale de la ducha donde se encuentra a Paulina sonreírle como si estuviese disfrutando de su agonía delirante.
Alfred nuevamente desciende las escaleras para acudir ante el llamado de su madre y se sienta en el comedor donde llega un exquisito aroma a carne BBQ proveniente de la cocina. El joven se sienta y disfruta del aroma con tranquilidad. En la mesa observa un periódico del día pasado, el joven lo adquiere para leer las más relevantes noticias de Oregón mientras llegaba la comida.
La primera página fue la más llamativa. En la portada se encontraba un interesante título que decía:
Con sus conocimientos en parapsicología, Lorraine Walts ayuda en la búsqueda de un niño que se encontraba extraviado desde hace un mes.
Debajo del título se contemplaba el bello rostro de una dama de cabellera rubia que sonreía al lado de un niño. Asombrado por la noticia dirigió su vista hacia la fotografía de la amiga de su madre. Era una mujer de aparentes treinta años, de ojos azules y de juveniles facciones que irradiaban en el retrato con sus gestos tiernos.
― «Est une belle dame 6» ―la voz de Paulina surgió de repente con un acento celoso al notar que Alfred leía interesantemente la noticia.
Mirando de lado a Paulina, John Alfred continuó leyendo la reseña, poco después apareció Sonia con la comida.
―Por lo que leo en el periódico tu amiga al parecer es famosa en Oregón.
―Así es hijo mío. Ella es grandiosa y es experta en su tema, deberías conocerla, puede ser una gran amiga para ti o puede ayudarte si te pasa sucesos extraños.
― Tu amiga me hace recordar a alguien― el joven dobló la página del periódico para no dejarse llevar por el fuerte sentimiento de su recuerdo.
―Veo que aún no has superado la relación de tu ex novia; pero debes dejarlo en el pasado, ella te hizo daño y se convirtió en una persona muy toxica, me daba miedo con las expresiones que hacia cuando le contaba mis malas experiencias, además le fascinaba saber más de ese extraño ente que te atormentaba.
6:es una hermosa dama
Ante el comentario de su madre, John Rigan comienza a recordar a la anciana Greifol que también podía presentir a Paulina; pero no la observaba.
― «Que peculiar energía te rodea amor mío ¿Sera un ángel?» ―La voz de Ariana Brum surgió dentro de sus pensamientos.
El joven Alfred se sumerge en una fracción de tiempo dentro de su mente y comienza a sentir nuevamente el fuerte escalofrió como si un ente extraño le estuviese tocando.
―Hijo ¿Ocurre algo? ― Sonia Rigan alzó su voz al notar que Alfred miraba al horizonte y se queda sosteniendo la cuchara.
Sin tener respuesta alguna, Sonia se levantó de su asiento y le dio una fuerte sacudida a su hijo para que reaccionara.
― ¿sucedió algo? ― Alfred nuevamente reacciona ante el fuerte movimiento de su madre―. Perdón mama me perdí un momento.
―Hay Dios Alfred, te noto raro, ¿Me ocultas algo?
―No madre. Acabo de recordar que debo llamar a la doctora de la Rosa― Alfred se levantó de la mesa para no generar más sospechas. Se dirige entonces al teléfono y da aviso a su amiga de que ya se encontraba en casa sano y salvo.
Al culminar la llamada y sin terminar la cena, Alfred le dio un beso en la frente de su madre y agradece la comida, luego se dispuso a subir las escaleras para tratar de calmarse ante sus recuerdos y de la escalofriante pesadilla de la noche anterior que aún le atormentaba.
John Alfred regresa a su cuarto y trata distraerse con los documentos dados por su madre; pero su pensamiento nuevamente estaba dirigido hacia Ariana Brum.
Ya llevaba dos años en que la relación entre Ariana y John se había cortado; pero para el joven era como si hubiese pasado hace poco tiempo. Fue su primera pareja con la que tenía entendimiento, comprensión y mucho dialogo; pero con el tiempo, el comportamiento de Ariana fue cambiando.
Hubo un tiempo en que Ariana se había fascinado por la extraña presencia que acompañaba a Alfred. Ella tenía el don de poderla sentí y apasionaba por descubrir de que se trataba, tanto así que buscó personas espiritistas para saciar su incertidumbre, actitudes que ocasionalmente a Alfred le generaban miedo e imposibilidad por no saber cómo manejar dichas situaciones.
Esa extraña actitud de Ariana hizo que el tomara ciertas distancias con ella; pero dichos comportamientos hicieron que las cosas se pusieran mal. Ariana Brum se convirtió en una persona posesiva y manipuladora, a decir verdad, Alfred no podía tener una vida social, ni acercarse a otras mujeres y la mayoría del tiempo debía estar a su lado o estaba obligado a llamarla.
Agotado por la obsesión de Ariana Brum y de su extraño comportamiento, el joven no tuvo otra opción más que alejarse de ella y terminar de raíz la relación.
Volviendo a la realidad, Alfred Rigan se dirigió hacia el baño para lavarse la cara, nuevamente observa a Paulina que se encontraba acostada en la cama con un gesto seductor.
―No sabes cuánto anhelo que no estuvieses aquí Paulina, tengo mi cabeza hecha añicos y vienes a empeorarlo.
―mon amour, me necesitaras, te aseguro que estarías perdido sin mí ―la voz de Paulina se sintió triste ante el comentario de Alfred.
―No sé a qué te refieres ¿Perdido en qué? ¿Acaso te parece poco lo que estoy pasando contigo?
―amor mío no le hagas caso a ella, mejor ve a la cama, te espero con ansias― la voz susurrante de Eliade se escuchó detrás de Alfred generándole nuevamente un fuerte escalofrío en su cuello.
Un fuerte grito quiso dar Alfred al escuchar la voz de Eliade. El joven mira a los alrededores para consternarse si ella se encontraba, afortunadamente no era así, nuevamente dirigió la vista al colchón, encontrándose de que Paulina también había desaparecido.
Con la cordura quebrantada, Alfred se acostó en el colchón y se dispuso a colocar música en la pequeña radio encontrada en la mesa de noche. Posteriormente el joven busca los medicamentos para tomárselos y estaciona una emisora para poder reconciliar el sueño.
Alfred no logra dormir por los pensamientos rondándole en la cabeza. Sin tener otra alternativa, se dispuso a leer la historia de su madre escrita en máquina de escribir que se encontraba ordenado numéricamente.
«Considero delirante de mi parte dejarme convencer por mi amiga Lorraine para hacer esto, ¿Por qué debería vivenciarlo nuevamente entre estas letras?
Mi pesadilla estará escrita a través de mis palabras, no para martirizarme, si no, para que vivan en el papel y mueran en mis pensamientos.
Ni siquiera sé por dónde comenzar, yo soy psicóloga y no tengo remota idea de sucesos paranormales, mi esposo tampoco tiene conocimiento alguno.
En un principio considere que lo vivido en mi casa fue parte de mi imaginación; pero no fue así, mi peor error comenzó con la búsqueda de mi hijo en el bosque.
La travesía fue a solas, en verdad fue una gran osadía.
Los policías me lo advirtieron y yo no hice caso, esas extrañas presencias me aseguraban protegerme; pero me daban realmente miedo. Sentía un frio realmente espeluznante como si mi alguien jugase con cada uno de mis sentidos.
Pero no debería empezar a relatar la historia del bosque, el primer acontecimiento fue en casa cuando Alfred era un niño. El padecía de insomnio y en muchas ocasiones lo vi trasladar objetos de un lugar a otro. Me daba pavor cuando cogía de porcelana, no por el hecho de que fueran valiosas, sino porque si al caerse los objetos pudo haberlo despertado.
Fue el oso Tommy mi primer encuentro con lo paranormal, las sucesiones del traslado del oso perteneciente a mi hijo suceden en la noche cuando ya me encontraba dormida. Me desperté para cerciorarme si mi esposo ya había terminado su trabajo. Cuando abrí los ojos me encontré al oso, me miraba con sus ojos oscuros brillantes y su sonrisa me generaba miedo. Me levante de la cama y llegue a su cuarto donde encuentro al niño dormido, de ese modo, dejo el peluche a su lado y regreso a mi habitación para dormir.
Al otro día me levante temprano y me arregle porque debía realizar labores de gran importancia, al salir del baño nuevamente me encontré con el fatídico encuentro con el oso. Aquello no fue el primer encuentro con el peluche. En otra ocasión lo encontré a horas muy tempranas en el cuarto de estudio, en la sala y en el garaje.
A partir de ese momento opté por regalar el peluche cuando mi hijo lo internaron en el hospital de Oregón. A partir de allí las cosas empeoraron para mí, no solo porque no sabía cómo manejar la situación con mi hijo, sino que no prestaba atención a los acontecimientos extraños que me pasaban.
Fue una madrugada cuando nuevamente pasaron dos sucesos que me pusieron alerta, uno a las tres de la mañana. Ese día escuche sonidos extraños en la cocina, al principio pensé que era un roedor y no preste ninguna atención ante el sonido; media hora más tarde comencé a escuchar pasos de una persona y unas cadenas. Me dirigí rápidamente al comedor y me encontré las sillas sobrepuestas en la mesa y en el suelo se veían huellas de lodo.
Me dirigí con prisa hacia la puerta principal para cerciorarme si había sido quitado el seguro; pero aún estaba tal cual como la había dejado. Con intriga me dirigí a la puerta trasera y al garaje y obtuve el mismo resultado. Cuando regresé a la cocina para limpiar las huellas, me encontré de que habían desaparecido.
Empecé a asustarme por lo que había pasado; pero no era lo único que iba a acontecer esa noche, dos horas más tarde escuché nuevamente los pasos en el segundo piso.
yo me encontraba sola por lo que no podía suponer de que era mi esposo. Me dirigí hacia arriba y presté atención de dónde provenía el sonido. Al instante escuché que tocaban la puerta del cuarto de mi hijo, me dirigí hacia ella y la abrí despaciosamente, apreté el interruptor y me cercioré de que se trataba, encontrándome nuevamente con huellas de persona que se dirigían hacia el baño privado.
Sentía miedo. Me dirigí despaciosamente hacia el baño y abrí la puerta, cuando la abrí, me encontré nuevamente con el oso tommy algo deteriorado y sin un ojo.
El pánico se apodero de mí y cogí el peluche que había tirado, me dispuse a bajar a la cocina; pero la puerta del cuarto de mi hijo se cerró con fuerza. Tuve que hacer algo de fuerza para salir de allí, logre salir con esfuerzo y baje por las escaleras con prisa, me dirigí a la cocina y adquirí unos fósforos, luego me dirigí hacia las afueras de mi casa para quemar el peluche.
No sé cómo lo hice; pero adquiero el valor para entrar nuevamente. Regreso a la cocina y me preparo una aromática para calmar mis nervios, luego me dispuse a dormir; pero me fue realmente imposible.
Al otro día realice una llamada al padre Ezequiel para informarle todo lo que había pasado. Me sugirió realizar algunos riegos de incienso y hacer algunas oraciones para limpiar la casa,
Con la esperanza de que las cosas se calmaran hice todo lo que el padre me dijo, por un tiempo las cosas mejoraron con ayuda del padre y del doctor Mirko; pero algo nuevo surgió cuando mi hijo se trató de fugar a los dieciséis años.
Nuevamente surgieron pasos extraños en mi casa y las huellas se vieron por todo el piso de la casa. Me escape del lugar para marcharme hacia la capilla y busque al padre Ezequiel; le conté todo lo sucedido y lo lleve a casa para que bendijera el lugar. Fueron largos días en que afronte extraños ruidos y movimientos en la casa hasta que el padre culminara de bendecir el hogar. Por un momento pensé en cambiarme de casa; pero el doctor Mirko me dio fuerzas para seguir adelante
Gracias a él y al sacerdote las cosas mejoraron en casa, aunque aún recuerdo los extraños sucesos como si fuese ayer.»
El sueño por fin le gobernó a Alfred Rigan. El joven dejó el resto de los papeles que faltaban por leer a un lado de la mesa de la noche. El resto de documentos los deja separados de los demás leídos, luego apaga la lámpara del cuarto y puso en volumen bajo la música sinfónica que lo ponía más tranquilo, posteriormente se acurrucó entre las cobijas con más calma sin la presencia de Paulina para sumergirse en sus sueños.