Chapter 67: Reglas del juego
Isabela
El fin de semana con nuestras familias no va mal, tengo toda la libertad de sonreírle a mi novio, pero, de jugar al té con mis sobrinas y me encanta esa sensación de paz.
Por primera vez en toda mi vida mi papá adora a mi novio y todo es armonía.
He sido antes la manager de mi marido. Sé lo difícil que es, así que me rehusó con Sergio temprano en la mañana antes de presentarme ante su equipo.
—¿Qué pasa?—pregunta y se arremanga la camisa, vuelve a poner la atención sobre un papel y frunce el ceño mientras intenta leer.
—Sergio, estás ciego. Necesitas lentes.
—No necesito lentes, mi amor—niega con la cabeza y me sonríe de esa forma sexi y manipuladora en la cual sus ojos e iluminan. —¿Quieres que compartamos oficina?
—Quiero hablarte de eso —aprovecho y le indico que tome asiento. —Trabajo duro, soy intensa, cansona, a veces repetitiva y soy muy mandona, mi única misión es ganar. Voy a convertirte en presidente, pero, no soy un juguete sexual, no soy tu mujer, no nos gustamos y sobre todo, por lo que va de la campaña, mi palabra es la ley, soy tu jefa, yo tomo decisiones por la campaña que a veces no te van a gustar, yo doy órdenes, a veces no pregunto y sobre todo, te amo, pero soy ruda. Así que, ¿estás listo para esto, tienes la capacidad de separarnos como iglesia y estado?
—Quiero borrarle la sonrisa de la cara a mucha gente, así que si es lo que necesitamos, lo haré. Además, te respeto y te admiro muchísimo, por eso te elegí, no porque tu coño sepa a fresas.
—Sergio —Le veo seria y él sonríe.
—Estado.
—Iglesia—respondo y él estrecha mi mano.
Sergio y yo vamos al exterior de la sala y convocamos a los empleados de campaña, todos nos miran con atención y Sergio anuncia que voy a desempeñar el papel de jefa de campaña, veo a su publicista fruncir el ceño y algunos nos dedican una mirada despectiva.
—Mi nombre es Isabela Burwish, soy empresaria, he sido agente y encargada de eventos, he trabajado en dos campañas políticas como asesora y jefa de campaña de senadores de los Estados Unidos, he trabajado en la Casa Blanca y si es cierto me follo a un hombre cinco años menor que yo, que resulta ser el candidato de la campaña y si la historia fuese al revés me darían una palmada en la espalda —Me la doy yo. —Sergio es mi actual prometido, pero tengo mucha experiencia y mi apellido tiene demasiado valor como para echarlo a perder por un hombre—Sergio me mira y Maximiliano sonríe. —Cuido los intereses de toda la campaña, todos me importan, sean futuro ministro, futuros diputados de nuestro partido o los próximos alcaldes, pero, ahorita trabajo exclusivamente en convertir a Sergio y su gabinete en el partido ganador, eso quiere decir que coordino con los representantes y jefes de campaña de cada uno, pero, no son mi problema. Sergio es absolutamente mi problema, de hoy en adelante si quieren tomarse una fotografía con él para sus abuelitas me preguntan y me cuentan la historia triste a mí. Tengo demasiado trabajo, tengo que planear una campaña estilo Latinoamérica de los 60´s - 90´s, si tienen ideas quiero escucharlos. No voy a hacer lo de la puerta abierta porque me genera ansiedad, pero, pueden tocar y después de que diga: “pase” entran, ahora. Tengo reglas que no aplican solo hacia mi persona, aplican para cada uno de los miembros de este equipo: Aquí se trabaja duro, aquí somos respetuosos, no quiero chismes o escándalos sexuales, por favor, no se follen al compañero de al lado, no es no, estoy casada o no quiero tienen el mismo valor, pueden enamorarse y cortejarse de forma consentida, y lo más importante es la privacidad. Sergio y yo tenemos familias enormes y es agotador, pero aquí espero construyamos una familia y se respeten las caras de culo de los compañeros, al que se queda dormido mientras hablo, a quien come por estrés, todo puede pasar y todo ees válido, lo relevante es que no aparezca un meme por internet o una nota del periódico sin sentido. Vengan cómodos, traigan pantuflas, cobijas, fotos de la gente que les inspira y soñemos por llegar a la gran meta.
Todos aplauden y Sergio les recuerda que hay que seguir trabajando. Yo me reúno con los futuros ministros y sus jefes de campaña, Sergio me acompaña y los dos escuchamos con atención las ideas, opiniones y sugerencias de todos durante las siguientes tres horas. Incluso escuchamos con respecto al descontento por la elección de vicepresidente a Elise Westborn, la mujer les mira sorprendida y pregunta si su apellido es una razón para discriminarle.
Yo veo a Sergio, porque en realidad para mí lo es, una mala decisión tomar lo que otro partido que lleva su nombre no ha querido.
—¿Puedes cambiarte a Elise W Hamilton?—propone uno de los jefes de campaña.
—No, soy la hija de mi papá, el cual murió entregado a este país y por culpa del mierdas de mi abuelo, no, definitivamente no me cambio el puñetero apellido.
—Elise Pieth—sugiero y Elise me mira con ojos asesinos.
—Mi apellido es un no negociable.—responde de forma rotunda y después del montón de críticas y comentarios, en el mismo tono insolente, pregunta:— ¿Van a despedirme?
—No, tu apellido es parte de tu identidad. —Respondo y me pongo en pie. —Ahora, todos somos un equipo, no se están lanzando solos, todos creemos en lo que Sergio nos ha recomendado en el plan de gobierno yo necesito sus planes de acción en los primeros cien días si quedamos y necesito sus diferentes aportaciones a la campaña, a muchos no tengo que recordárselos, pero, les hago una invitación a la honestidad, cuéntenme quién tiene una amante, quien es homosexual en el closet, al que le gusta vestirse con faldas o pantalones y se les ve guay y los esposos que hacen más que gritarle a la esposa, quiero que me lo digan, porque para esta tarde cabezas van a rodar sin piedad si me entero por mis investigadores. Recuérdenles a sus hijos, esposos, mamás, papás, sobrinos y hermanos, que están bajo lupa.
—¿Alguien tiene algo que confesar?—insiste Sergio.
Uno de los probables diputados levanta su mano, tengo una idea y miro a mi prometido, el cual le pregunta si quiere hablarlo en privada.
—Es sobre el caso de asesinato de esas niñas.
—¿Lo hiciste?—pregunta directamente una de las mujeres en la sala y todos tienen sus ojos sobre Joe.