Chapter 6: VI

Thusnelda estaba muy complacida con el leal servicio que le promulgaba Viveka. Desconocía cuando su amado Arminio volvería de sus campañas militares pero esperaba que fuera pronto para darle la buena noticia.

—Mi amado Arminio estará feliz —murmuró, mientras Viveka le peinaba los rubios cabellos.

—¿Por qué, mi señora? —preguntó la adolescente.

—Su primogénito viene en camino —le anunció Thusnelda mientras acariciaba amorosamente su vientre.

A la tienda entraron intempestivamente Segestes y sus hijos.

—¡Padre! —reaccionó Thusnelda levantándose y encarándolo— ¿Por qué entras a mis aposentos así?

—¡La hija rebelde! —dijo él jactanciosamente— creo que es hora de que enderece las cosas. Nunca debiste casarte sin mi permiso y mucho menos con ese maldito arrogante que cree que puede ganarle a Roma.

—No insultes a mi esposo, padre, que él es mucho más hombre que tú y todos ellos al tener el valor de enfrentarse al enemigo y no doblarle la espalda, como ustedes. ¡Cobardes!

Segestes la abofeteó.

—¡Arminio se enterará de esto! —reclamó ella sosteniéndose la mejilla golpeada.

—Confío que así sea. Es hora de poner fin a esta locura que ha iniciado tu marido.

Entonces los hermanos de Thusnelda, siguiendo órdenes de su padre, la aferraron de los brazos y se dispusieron a sacarla de la tienda. Viveka reaccionó de inmediato y comenzó a gritar pidiendo ayuda pero su voz fue acallada por siempre por la espada de Segestes.

Al regresar de la agridulce victoria, o derrota, dependiendo de cómo se viera, Arminio se encontró con la desgarradora noticia. En su tienda yacía Viveka, muerta, y su esposa había sido secuestrada por su propio suegro.

—Llamen a Astrid —dijo Arminio, a sabiendas que la sierva había sido asesinada por tratar de proteger a su esposa— y denle a esta niña un funeral con todos los honores. El resto, vamos en busca de mi esposa. Si ven a Segestes, mátenlo.

Astrid entró a la tienda y observó a su hermana menor y única familia muerta sobre el piso. Se arrodilló a su lado y amargas lágrimas brotaron de sus azules ojos mientras le tomaba la mano que estaba muy fría. El rostro comenzaba a mostrar la mórbida palidez de la muerte.

Tres días después Arminio fue recibido por un mensajero de los romanos. Estos le ofrecían la devolución de su esposa sana y salva si deponía las armas y reconocía la soberanía de Roma sobre toda Germania.

—¡Jamás! —respondió escupiendo.

—¡Sobrino! —le dijo Inviomerus— ¿sabes lo que los romanos le harán a Thusnelda?

Arminio bajó la mirada.

—Thusnelda preferiría morir antes que ser la razón por la cual la tierra de su pueblo y sus ancestros fue entregada a los invasores. No deseo nada más en este mundo que recuperarla y tenerla en mis brazos… pero no podría mirarla al rostro si mi patria es el precio que debo pagar por ello.

Y dicho esto Arminio se levanto y se introdujo a su tienda. En el camino se secó las lágrimas de las mejillas.

En el territorio del clan de Segestes los romanos brindaban junto a éste y sus hijos.

—Descuide, su excelencia, le aseguro que su hija será bien tratada —le decía un legionario.

—No lo dudo. Se bien que los romanos son muy civilizados. Es lo que mi yerno Arminio nunca quiso entender. Pero descuide, que derrotaremos a Arminio y aceptaremos el vasallaje y la guía de Roma. Ya le he declarado la guerra y de mi lado está Morbed el marcomano. Ahora que Roma no está en el territorio, Arminio deberá enfrentarse en una guerra contra Morbed y yo.

—Le ayudaremos en lo que podamos —adujo el legionario. Una flecha surcó el aire y se clavó en el cuello de Segestes. Éste comenzó a vomitar sangre y asfixiarse mientra sus hijos intentaban inútilmente asistirlo, y finalmente desfalleció en medio de una agónica y dolorosa muerte.

Desde lejos, sobre la rama de un árbol, Astrid observaba su obra con fría complacencia. Su hermana estaba vengada. Se bajó del árbol y huyó a toda prisa pues sabía que vendrían en su persecución. Pero no la atraparon y llegó hasta la aldea querusca donde sus amigos extraños querían despedirse.

—Es hora de partir —le explicó Saki. Prometeo les había informado que ya podían utilizar la Esfera de nuevo y sólo esperaban ver a su benefactora para decirle adiós.

—Quiero ir con ustedes —le dijo ella.

—Eso es imposible, Astrid —respondió Tony— aunque sé que hablo por todos al decir que nos encantaría tu compañía.

—No tengo nada más por que estar aquí. Mi hermana murió y no tengo más nadie, y esta nueva guerra entre tribus no me interesa.

Los crononautas se miraron unos a otros.

—Me sentiría más segura a donde quiera que vayamos si ella está con nosotros —confesó Saki— compensa de sobra con sus habilidades de supervivencia, fuerza y entrenamiento marcial lo que ha nosotros nos falta en ese aspecto.

—Supongo que sería una forma de restablecer la línea del tiempo —adujo el Dr. Krass— que alteramos al salvarle la vida. Si viaja con nosotros esa modificación en la historia se corta.

—Bueno, Astrid —dijo Tony— si quieres venir debemos decirte la verdad. No somos magos… venimos del futuro, de dos mil años en el futuro para ser exactos. Y no usamos magia, el objeto que utilizamos para viajar en el tiempo es una máquina, como las catapultas de los romanos. Sólo que mucho más sofisticada.

—Entiendo.

—Pero estamos perdidos y no sabemos si podremos regresar algún día a nuestra época. Puede que nos deparen muchos peligros y que tengamos que viajar indefinidamente de tiempo en tiempo por quien sabe cuanto.

—A donde quiera que vayan, me tendrán a su lado.

Los crononautas se miraron unos a otros y sonrieron.

—Bienvenida al equipo —dijo Saki.

—Antes de irnos —pidió Astrid— ustedes provienen del futuro y saben que va a pasar con mi señor Arminio.

—Si no hemos alterado demasiado la historia con nuestra presencia —explicó el Dr. Krass— Arminio tuvo éxito en repeler a los romanos, también derrotará a sus enemigos germanos y pasará a la historia como el único caudillo bárbaro en lograr liberar a su tierra de Roma.

—Y según lo que dice aquí —dijo Saki revisando la base de datos históricos que se mostraba en la pantalla de Prometeo— Thusnelda fue exhibida en el desfile de la victoria de Julio Germánico pero se le trató relativamente bien y murió por causas naturales, aunque nunca volvió a ver su tierra natal. El hijo de ella y de Arminio será un gladiador famoso. Arminio nunca se volvió a casar. Morirá asesinado a traición por familiares de Thusnelda.

—Que Odín lo guarde en el Valhalla —dijo Astrid— junto a mi hermanita.

—Bueno —finalizó Saki— es hora de irnos. Prometeo por favor trae la Esfera acá.

Las hojas, polvo y demás suciedad boscosa que caía sobre la invisible Esfera habían empezado a acumularse en la superficie produciendo el efecto de que quedaba suspendida en el aire, para incertidumbre de dos germanos de la época que se habían quedado mirando aquel inexplicable fenómeno con rostros desconcertados. La Esfera entonces produjo un resplandor de luz azul que cegó temporalmente a ambos sujetos y que dejó tras de si una estela de humo y el piso quemado en forma circular por el calor producido.

Reapareció de inmediato muy cerca de los ahora cuatro crononautas que ingresaron en ella y saltaron en el tiempo una vez más.

Norte de China, año 1226 DC.

La Esfera reapareció en medio de unos bosques de bambú.

—Espero que estemos en un lugar agradable —adujo Saki saliendo de entre las compuertas— creo que he visto suficiente de la crueldad humana como para tener que soportar más…

Pero en cuanto salió de la Esfera escuchó claramente un escándalo en la lejanía; gritos desesperados, gemidos agónicos, madera siendo consumida por el fuego, trotar de caballos, etc.

Los cuatro crononautas se alejaron de la Esfera en persecución del barullo y llegaron hasta la cima de una colina desde donde pudieron apreciar los eventos; una humilde villa campesina china estaba siendo arrasada por mongoles.

Un intermitente enjambre de flechas cubría el cielo y frecuentemente se clavaban en algunos de los campesinos que corrían caóticamente intentando escapar de la masacre, haciéndoles gritar agónicamente y caer al suelo convulsionándose. Las pequeñas casas de madera estaban incendiadas casi todas, mientras que fornidos mongoles cabalgando sobre corceles muy altos cortaban cabezas con sus espadas de forma indiscriminada.

—¡Maldición! —expresó Saki— creo que ahora sí aparecimos en el lugar y en el momento equivocados…