Chapter 51: LI

Lugar desconocido, año 6642.

La Esfera reapareció en medio de un paisaje totalmente desértico. Saki salió de la misma rabiando y llorando de ira. Pateó la Esfera, pateó el suelo, se lanzó a llorar y golpeó el suelo con sus puños desnudos.

—¡¡Maldita!! ¡Maldita sea! ¡Malditos sean todos!

Las horas transcurrieron con Saki llorando y gimiendo sobre el arenoso suelo. Cuando logró calmarse un poco decidió ir a buscar rastros de civilización. Se colocó ropa que le protegiera del sol, tomó la pistola con la que tiempo atrás había salvado a Astrid de ser violada por unos romanos y la cargó, y aferró también una cantimplora con agua tras lo cual se dispuso a ir en búsqueda de vida.

Así, caminó y caminó largamente por muchas millas a través de páramos inhóspitos y deshabitados con planicies extensas y gigantescas cordilleras a lo lejos bajo un sol abrazador.

—¿Tienes idea de donde estamos, Prometeo?

La computadora emitió un escaneo con sus sistemas computarizados que se extendió por muchas leguas.

—De acuerdo con mis archivos, Srta. Takamura, la geografía que nos rodea corresponde al fondo oceánico. Nos encontramos en alguna parte del Océano Atlántico.

—Pero… no hay agua.

—Lo sé. Aún así, detecto una construcción artificial a la distancia, hacia el oeste unos cuantos kilómetros más.

Las dudas de Saki de si estaban en una Tierra sin océanos se evacuaron cuando pasó al lado de un esqueleto de ballena casi cubierto por la arena.

Tras muchas más horas de caminar pudo por fin observar una enorme ciudad de torres negruzcas y protegida por altos muros. Justo cuando el inclemente sol empezaba a ocultarse en el horizonte.

Y en cuanto el ambiente se cubrió de tinieblas… las cosas empeoraron.

Saki bebió algunos tragos más de agua. Aún le faltaban varias decenas de metros para llegar a los muros de la extraña ciudad… cuando de entre las cavernas aledañas resurgieron ojos rojos que le clavaron la mirada. Saki se percató de que estaba siendo observada y se le erizó la piel. Unas criaturas horribles, simiescas y velludas emergieron de entre las cavernas y se dirigieron hacia ella. Tenían bocas con afilados colmillos y ojos resplandecientes.

Saki les disparó, matando a varios, pero eran demasiados para las balas que tenía.

—¡Prometeo! —gritó— ¡Luz!

Prometeo emitió una luz artificial que iluminó todo el rededor y las criaturas gimieron cegadas, alejándose lo más posible. Saki celebró y corrió hasta la ciudad.

Una vez en sus afueras se dio cuenta que dos grandes compuertas separaban la urbe del desierto que le rodeaba.

—¡Hey! —gritó— ¡auxilio! —pero no obtuvo respuesta.

—Percibo formas de vida humanoides en el interior —explicó Prometeo.

—¿Cómo los de afuera?

—No… son diferentes.

Saki frustrada vació el cargador sobre la puerta… y entonces se escucharon voces de asombro del otro lado, una maquinaria puesta a funcionar y las grandes puertas abriéndose para dejarla entrar y cerrándose de inmediato una vez que ingresó.

Así, Saki coexistió con los seres que llamó Eloi; criaturas humanoides del futuro, pero débiles, pálidas y enclenques, que habían olvidado hacía siglos como operar tecnología y sólo tenían un conocimiento muy limitado de la maquinaria en su ciudad. Incapaces de darle mantenimiento, los sistemas que les resguardaban de los temibles Morlocks en el exterior se encontraban en lastimero deterioro y eventualmente fallarían.

Saki aprendió la lengua de los Eloi y algunas de sus costumbres, pero por lo demás no se preocupó mucho por ellos, quienes le respetaban y temían, proporcionándole periódicamente agua y comida.

Se refugió en lo más alto de una gran torre donde formó su laboratorio y ahí trabajó por años tratando de reparar el sistema de navegación de la Esfera.

—No importa que tanto intentemos, Srta. Takamura —desalentó Prometeo—, no existe forma de lograr un sistema de navegación lo suficientemente elaborado como para controlar el viaje. La Esfera dependía de una compleja supercomputadora cuántica y no existe nada que lo pueda imitar salvo el cerebro humano.

—¡Sí! —dijo Saki levantándose de la cama, pues estaba cansada de trabajar en sus planos y ecuaciones infructuosos. —¡Esa es la solución! Nos fusionaremos tú y yo.

—¿Qué quiere decir?

—Usarás mi cerebro como supercomputadora cuántica.

—Pero… Srta. Takamura… de hacer eso…

—Lo sé. Mi mente será absorbida por tu software.

—Y nunca más volverá a ser humana.

—No importa. La humanidad está sobrevalorada.

—De todas formas, tomarán años, quizás décadas, crear un mecanismo funcional que permita conectar sus redes sinápticas a mis sistemas.

—Tenemos todo el tiempo del mundo.

Saki conectó la Esfera a los sistemas de la ciudad dotándola de nueva vida y energía gracias a su fuente de poder nuclear. La activación de los viejos sistemas le permitió tener acceso a la tecnología avanzada de civilizaciones futuras perdidas en el tiempo y olvidadas por los decadentes Eloi, para quienes aquello fue un milagro y aumentó el respeto y temor que sentían hacia ella.

Si bien esto le ayudó mucho en su trabajo y en su calidad de vida en general, implicó un consumo importante de energía. Aprovechó algo de su tiempo en investigar las ruinas de la ciudad, último reducto humano, y en desempolvar algunas de sus máquinas y estructuras artificiales para usarlas en su laboratorio. Una de las tecnologías que más le impresionó fue un sistema de proyección holográfica tan realista que permitía a los hologramas ser tangibles. No perdió tiempo en instalarle dicha mejora a la Esfera.

Y así, los años se convirtieron en décadas. Hasta que Saki Takamura se transformó en una mujer de edad madura con el rostro surcado por arrugas y la cabellera impregnada de múltiples canas. Incluso perdió un ojo tras sufrir un accidente industrial cuando uno de los sistemas que estaba instalando en el laboratorio estalló.

Y junto a su envejecimiento sobrevino la decadencia de la ciudad y sus sistemas de seguridad que fueron colapsando uno a uno… hasta dejarla indefensa ante los Morlocks.

Estos seres carnívoros de afilados colmillos y amenazadoras zarpas se acercaron hasta los enormes portones de la Ciudad Negra y comenzaron a golpearla insistentemente. Las deterioradas estructuras cederían pronto…

—Debo informarle, Srta. Takamura, que los Morlocks penetrarán en la Ciudad Negra en cualquier momento.

—Gracias Prometeo, lo sé.

—¿Sigue culpándose por lo sucedido, Srta. Takamura?

Saki no respondió. Ingresó los últimos comandos en el sistema y dijo:

—Preparémonos para un salto más.

—Le advierto, Srta. Takamura, que solo tengo energía suficiente para otro salto más.

—No importa, Prometeo, esta será la última vez.

Una vez dentro Saki colocó un casco en su cabeza, accionó un mecanismo que hizo que varios electrodos se introdujeran dentro de su piel hasta tocar el cráneo lo que le provocó gran dolor, que resistió estoicamente. Conectó el casco al sistema computarizado de la Esfera e ingresó el último comando al sistema.

La Esfera se cubrió de energía cuántica que le hizo desaparecer en el aire al tiempo que los Morlocks penetraban a la ciudad a devorar a los indefensos Eloi. Fue la última acción de Saki Takamura como humana, pues al desaparecer la Esfera su cerebro se fusionó también con el sistema y a partir de ese momento ella y Prometeo fueron uno solo.

Capaz de controlar el destino al que se dirigían, Saki-Prometeo fijó la fecha en aquel fatídico día de 1890 y el lugar la base militar secreta de Alaska.

La Esfera reapareció justo en el momento en que el Mäellstrom Temporal estaba todavía abierto tragándose todo lo que tenía cerca.

—¿Qué quiere? —preguntó el Presidente aterrado— ¡¡Díganoslo!! ¿¡¡Que quiere para poner freno a esta monstruosidad!!?

—Libere a Tony.

—¡Se lo juro! ¡Le doy mi palabra! ¡Pero detenga esta cosa infernal!

Saki se dirigió hacia la consola de control, pero la Saki-Prometeo sabía que eso no funcionaría, así que reapareció en forma de un holograma (que la mostraba físicamente joven como cuando partió tiempo atrás) a la par de Haru y lo tomó por el cuello y los hombros.

—¿Qué demonios…? —exclamó el naga y por la emoción dejó ver su rostro reptiliano. Esto llamó la atención de todo mundo que de pronto miró anonadado como una segunda Saki Takamura aferraba a Haru y le removía la pistola de su funda. Durgas se aproximó a ayudarlo, pero Saki usó la pistola y le llenó de plomo el pecho, para luego volarle los sesos a Haru. Los militares reaccionaron disparándole pero su cuerpo era holográfico y las balas no le hicieron daño alguno.

Saki la miró asombrada.

—¿Bien? ¿Qué espera? —le dijo al Presidente la Saki-Prometeo—, libere a Tony.

Éste, incapaz de formular palabra alguna, hizo señas a los soldados para que obedecieran y Tony fue liberado. Saki salió de su abstracción y llamó al Dr. Krass para que hiciera aparecer la Esfera y esta detuviera el Mäellstrom, como en efecto sucedió. Y así sobrevino la calma.

—No hace falta que suban a la Esfera —les dijo Saki-Prometeo a los asombrados crononautas—, yo los llevaré al siglo .

—¿Qué… qué está pasando? —logró articular Tony.

—Se los explicaré luego.

—¿Tú y yo…? —preguntó Saki acercándose a aquella extraña visión de sí misma pero que era claramente una proyección.

—Sí, somos la misma persona. O lo seremos… o lo éramos… Este será nuestro último salto Saki. Hiciste esto como un sacrificio para salvar las vidas de tus amigos. Tú y yo no podremos existir en la misma realidad y una de las dos desaparecerá.

Saki extendió la mano y tocó la de Saki-Prometeo… y entonces lo supo todo y lo vio todo… todo cuanto había pasado y todos los recuerdos de Saki-Prometeo.

—Hicimos bien —dijo.

—Una vez dentro de mí no regresarás.

—Lo sé —dijo ella y luego se dirigió a Tony, Astrid y el Dr. Krass. —Vengan conmigo, es seguro subir.

Saki-Prometeo hizo que las dos Esferas se unieran en una sola provocando un enceguecedor resplandor de luz que obligó a los crononautas a cubrirse el rostro. Aún atónitos subieron a la Esfera los cuatro y desaparecieron dejando desconcertados a Tesla, el Presidente y los demás integrantes del misterioso y secreto proyecto.

Baviera, Alemania, siglo

La Esfera se rematerializó justo en el siglo , un día después de que Tony, Saki y el Dr. Krass tuvieran que hacer el improvisado salto para escapar de los atacantes terroristas en lo que parecía haber sido una eternidad en el pasado. El laboratorio había sido allanado por la policía y los agresores arrestados.

Pero cuando salieron se dieron cuenta que ya no había dos Sakis, sino sola una.

Saki-Prometeo explicó todo a los crononautas.

—Te sacrificaste por nosotros, Saki, gracias —dijo Tony.

—Nunca podremos pagarte lo que hiciste —confesó conmovido el Dr. Krass.

—Puedo llevarte de regreso a tu época también, Astrid —le dijo Saki-Prometeo a la germana. —Al fusionar las dos Esferas obtuve toda la energía que puedo necesitar.

—No, gracias —respondió Astrid tomándole la mano a Tony—, mi lugar está a su lado.

—Te va a gustar el siglo —le dijo sonriente.

—Yo… eh… si agradecería si pudiéramos hacer un viaje más, Srta. Takamura —solicitó el Dr. Krass.

Jamaica, 1721

Aurora Krass salió de la acogedora y rústica cabaña donde vivía, sosteniendo en brazos un bebé cuyo padre había partido casi un año atrás y no sabría si lo volvería a ver. Mientras cargaba al infante descolgaba la ropa ya seca del tendedero… hasta que un flash de luz y un vendaval que agitó las prendas sobre la cuerda le hizo dejar lo que estaba haciendo.

A unos pocos metros de ella se encontraba Arthur Krass, su amado, al lado de una enorme Esfera metálica.

—¡Arthur! —gritó llena de felicidad lanzándose hacia él y abrazándolo.

—¡Aurora! —dijo Krass satisfecho estrechándola con cariño y notando al niño en brazos. —¿Es este…?

—Sí, Arthur, tu hijo.

—Ven conmigo —pidió aferrándola de los brazos—, ven conmigo al siglo . Te gustará. La esclavitud está abolida, las mujeres tienen los mismos derechos y nuestro hijo tendrá acceso a medicina avanzada y otras muchas maravillas.

Aurora sonrió y se introdujo junto a su esposo y su hijo dentro de la Esfera que desapareció dejando una cortina de humo sobre el suelo donde antes estaba.

Baviera, Alemania, siglo

—¿Y tú, que harás ahora, Saki? —le preguntó Tony una vez que volvió junto al Dr. Krass y su familia.

—No lo sé —confesó Saki-Prometeo—, supongo que viajar por el tiempo. Siempre quise ver el Big Bang.

—Ven a visitarnos pronto, Saki Takamura —pidió Astrid—, para que conozcas al hijo o hija de Tony y yo —afirmó tocándose el vientre y Tony la miró sorprendido.

—¿Quieres decir…?

—Sí —le respondió—, hace más de dos meses que no sangro. Espero no sea una mala noticia para ti.

—¿¡Estás bromeando!? —respondió Tony sonriente y estrechó a Astrid en sus brazos. —Es una excelente noticia.

—Bueno —dijo Saki-Prometeo— felicidades a todos. Y no se preocupen, que no han visto lo último de mí. Cuídense mucho, hasta siempre… —declaró finalmente y su cuerpo holográfico se desvaneció y casi inmediatamente la Esfera se disipó desapareciendo en medio de flashes de luz.

Heidy, la recepcionista que atendía las oficinas de entrada al laboratorio, tuvo que frotarse los ojos al ver la extraña imagen de quienes entraban al lugar. Un hombre negro fuerte y fornido de rostro curtido que no reconoció, al lado de una mujer de metro noventa y cabello rubio mechudo que parecía salida de una película de Conan el bárbaro, un Dr. Krass que sí reconoció a pesar de estar muy desaliñado y como si hubiera envejecido varios años de un día para otro, y una mujer con ropajes del siglo que cargaba un bebé en brazos.

—¿Heidy? —le dijo Tony, y sólo así fue que ella lo reconoció, al escuchar su voz.

—¿T… Tony? —respondió ella levantándose de su asiento atónita, como si no creyera lo que veía. —¿Q… qué… te pasó?

—Oh, Heidy, tengo tanto que explicarte. Pero será en otro momento.

—Heidy —le dijo el Dr. Krass—, necesito comunicarme con los directivos.

—S… sí, por supuesto, Dr. Krass. Los llamaré. ¿Sucede algo?

—Sí, me tomaré unas largas vacaciones para pasarlas con mi esposa y mi hijo —dijo señalando a la mujer a su lado para mayor sorpresa y desconcierto de la pobre Heidy—, en el tanto dejaré a Tony como director del Proyecto.

—¿D… director?

—Sí, estoy seguro que hará una gran labor —dijo dándole unas palmaditas en la espalda— y que seguirán sus indicaciones como si fuera yo, ¿no es así?

—P… por supuesto. ¿Y la Srta. Takamura?

—¡Ah esa gran chica! —dijo Krass sonriente, pero nostálgico a la vez—, crearé una fundación científica en su nombre —Heidy abrió aún más los ojos y pensó que debía estar soñando. —Pero me temo que no nos acompañará más en el proyecto —continuó Krass—, ella está… eh… viajando.

—Sí, Dr. Krass.

—Es un gusto verla de nuevo, Heidy, después de tantos años.

—P… pero nos vimos ayer…

Y al decir esto Tony, Krass y Astrid se pusieron a reír frente a una Heidy frustrada y confundida.

Epílogo

El Dr. Krass llegó hasta una casa de campo ubicada en el norte de Alemania, acompañado de Aurora y de su hijo Arthur Junior. Bajó del auto junto a su mujer mientras hablaba por teléfono.

—¿Todo bien con el proyecto, Tony?

—Sí, Arthur —le dijo este desde el otro lado de la línea—, ya te lo dije, despreocúpate y disfruta tus vacaciones. Estos meses todo ha estado bien.

—¿Quién es el bebé más lindo del mundo? —le preguntó Krass a su hijo en brazos de Aurora mientras le acariciaba la mejilla, suspendiendo temporalmente su charla con Tony. —¿Quieres otro caramelo?

—¡Ya deja de consentirlo, Arthur! —regañó Aurora.

—¿Y como está Astrid? —preguntó retornando a la conversación telefónica.

—Cada día más gorda, pero todo bien, esperamos el bebé para marzo.

—¿Niño o niña?

—Niña. Se llamará Saki.

—Saki Edwards, bonito nombre. ¿Y cómo se está adaptando Astrid al siglo ?

—Creo que tan bien cómo es posible. Descontando aquella ocasión en que destruyó una pantalla de televisión con su espada. Ha desarrollado un gusto particular por la música heavy metal.

—Era de suponerse. Bueno, he llegado.

—Mucha suerte, Arthur, adiós.

—Adiós.

Krass subió las escalinatas de piedra que conectaban la acera con la bella casa y tocó la puerta. Una hermosa y joven mujer que él nunca antes había visto bajó a abrirle.

—Hola, ¿acá vive Johan Krass?

—Sí, es mi esposo —respondió la mujer.

—Soy Arthur Krass, su padre.

La mujer abrió mucho los ojos, como sorprendida. Casi al mismo tiempo un muchacho joven, cuyo parecido físico con el académico era innegable, llegó a su lado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó hoscamente—, no quiero verte.

—Hijo, espera —rogó Krass—, sé que he cometido muchos errores en el pasado, y te pido perdón, estoy muy arrepentido. No pretendo que me perdones de inmediato, pero al menos me gustaría que habláramos de nuevo, y que me permitas presentarte a mi nueva esposa y a tu nuevo hermano.

El muchacho lo miró sorprendido y como dudoso, pero luego aflojó sus facciones y sonrió, permitiéndoles entrar.