Chapter 3: III

Tres científicos abocados a la labor intelectual en medio de un bosque virgen durante el invierno del siglo tenían pocas posibilidades. Tras horas (o lo que les pareció horas) de caminar empezaron a sentir el intenso frío, el agotamiento, el hambre y la sed, azuzados además por los gélidos aullidos de una manada de lobos en la lejanía.

El más azotado, quizás por la edad, era el Dr. Krass. A cada rato debían detenerse a esperarlo. Saki sugirió encender una fogata:

—Suerte que soy fumadora y tengo un encendedor… pues dudo que alguno de nosotros sepa encender una fogata al estilo prehistórico…

Pero en ese momento escucharon los desesperados gritos de una voz femenina. Corrieron hacia el origen de la misma y se parapetaron tras unos matorrales.

En un claro del bosque pudieron observar como tres soldados romanos estaban golpeando a una joven bárbara germana que se rebatía furibunda y clamaba a todo volumen por auxilio en su lengua ininteligible para ellos, pero fue rápidamente acallada por el puñetazo de uno de los romanos en su rostro.

La joven tenía unos veinte años y era esbelta, de ojos azules y cabello rubio ondulado. Vestía ropas abrigadas de la época incluyendo una capa de piel de lobo gris y botas de cuero. El bofetón la dejó notoriamente aturdida y escupiendo sangre por la boca. Uno de los romanos la colocó sobre la nieve, boca arriba, mientras le sostenía los brazos y otros comenzó a desnudarla desgarrándole la blusa.

—Mostrémosle a esta bárbara como son los hombres romanos —dijo, en latín vulgar, uno de los soldados que le colocaba la espada cerca del cuello, en amenaza.

—Pero no olvidemos matarla después —adujo el que le retenía los brazos— no vaya a ser que corra a acusarnos con su tribu de salvajes y luego estos sucios bárbaros nos declaren la guerra.

Los gemidos de la mujer y las risas de los soldados eran acompañados de los graznidos de unos cuervos muy negros que comenzaban a aproximarse y revolotear por los árboles cercanos, como presintiendo la inminente muerte de la muchacha y el consecuente festín.

Saki apretó los puños con mucha ira.

—Hay que salvarla —declaró decididamente.

—¡No! —le retuvo Krass sosteniéndola del antebrazo— por trágico que esto es, Srta. Takamura, una intervención como esta podría causar incalculables consecuencias en la línea del tiempo…

Pero Saki no lo escuchó. Se desligó del académico y se lanzó al claro.

—¡Hey! —grito— ¡dejen en paz a esa mujer! —dijo en un latín pésimamente pronunciado. Los romanos se detuvieron momentáneamente observando a aquella extraña figura con rasgos asiáticos (que nunca antes habían visto) vestida y maquillada casi toda de negro.

—¿Qué es? ¿Una ninfa del bosque o algo así? —se preguntó uno de los romanos.

—Sea lo que sea, creo que quiere un poco de los mismo que la bárbara —dijo vulgarmente otro.

Saki sonrió maliciosamente, tomó el control remoto en sus manos y lo programo en modalidad de reproductor de sonido, lo puso a todo volumen y seleccionó del archivo la más escandalosa pieza de música rock metal que pudo encontrar. Luego le dio play.

El estruendoso ruido hizo volar a los cuervos espantados y lastimó los oídos de los romanos, que no estaban acostumbrados a tan ensordecedor volumen, ni a ese tipo de música, que para ellos sonó como si rugiesen truenos de las manos de la mujer. Se cubrieron los oídos y entre gritos unos de ellos dijo:

—¡Una bruja! ¡Es una bruja! ¡Larguémonos de aquí! —tras lo cual desaparecieron entre los ramajes.

Saki detuvo el ruido y se aproximó hasta la germana que estaba tirada en el suelo y le ofreció la mano para ayudarle a levantarse. El estruendo también le había asustado y lastimado los oídos, pero sabía que le habían salvado. Miró sospechosa a Saki, y más aún cuando llegaron Tony y el Dr. Krass. Nunca antes había visto a un hombre de color negro y pensó que se trataba de un trasgo o algo así.

—¿Qué son ustedes? —preguntó en latín aunque con un fuerte acento germano— ¿magos? ¿demonios?

—Somos seres humanos —expresó Saki— bueno, sí, somos como magos en cierta forma. Pero no queremos hacerte daño.

La germana le aceptó la mano y una vez de pie Saki notó que aquella joven nórdica era mucho más alta que ella. Astrid recogió un arco y unas flechas que le pertenecían y que sus enemigos romanos habían lanzado al suelo.

—Quienes sean ustedes les debo la vida y por mi honor que seré su leal sirviente hasta que pueda salvarles la suya.

—Bueno, eso es más fácil de hacer de lo que crees —dijo Tony— estamos perdidos y si pudieras ayudarnos a conseguir alimento y abrigo puedes dar por saldada la deuda.

—Eso será fácil, soy la mejor cazadora de mi tribu. Estaba cazando cuando esos malditos romanos me encontraron. Vengan, los llevaré a mi hogar donde serán bien recibidos. Mi nombre es Astrid.

—Yo soy Tony Edwards, ellos son Saki Takamura y el Dr. Arthur Krass.

Súbitamente Astrid se puso tensa, como si olfateara algo malo en el aire.

—¡Lo sabía! —exclamó— ¡estamos en peligro! ¡Corran!

Los romanos en realidad no habían huido, habían ido por refuerzos, y una fuerza de respaldo de diez soldados se les aproximaba a toda velocidad enarbolando sus espadas. Los crononautas y la bárbara escaparon entre los árboles.

—Tengo un bote cerca del río… si llegamos allí escaparemos…

El río en cuestión era el Danubio, que estaba a medio kilómetro del punto en que se encontraban. Astrid cubrió la huída de sus amigos usando su destreza como arquera y matando a dos romanos con sus certeras flechas. Aún así, falló la mayoría de los tiros o fueron retenidos por los escudos de sus adversarios.

Los crononautas atravesaron caóticamente los árboles boscosos perseguidos por los romanos hasta salir del área forestal y caminar a través de un claro costeño en el enlodado margen del Danubio y pudieron divisar el rudimentario bote de madera atado a una piedra en el caudaloso río.

Pero aquella loca carrera provocó que Tony se tropezara con la rama de uno de los árboles y cayera al suelo doblándose el tobillo. Gimió de dolor y Saki se detuvo a ayudarle a levantarse. El grave problema era que ahora, con Tony cojeando, su velocidad se redujo notoriamente y los romanos se les acercaban inminentemente. Uno incluso preparó la espada para atacarlos pues era el que estaba más cerca, pero murió ultimado por una flecha de Astrid.

—¡Esto es ridículo! —murmuró Tony y se separó de Saki— me atraparán de todas formas. ¡Vete! ¡Yo los distraeré!

—¿¡Que!? ¿¡Estás loco!?

Pero Tony empezó a correr en dirección contraria, hacia sus perseguidores. Saki intentó detenerlo pero Tony la disuadió.

—¡Saki! ¡Vete! ¡Sabes lo que te harán si te atrapan viva!

Saki cerró los puños en señal de frustración y corrió hacia el bote donde estaban ya subidos Astrid y el Dr. Krass.

En cuanto la joven entró a la embarcación Astrid comenzó a remar alejándose de la costa y escapando de los romanos. Estos atraparon a Tony y comenzaron a darle tal paliza que Saki tuvo que cerrar los ojos.

—¡Maldita sea! —escupió— ¡pobre Tony!

—Un joven valiente —dijo Krass nostálgico— se sacrificó por nosotros… pobre Dr. Edwards… que muerte tan horrible.

—No lo van a matar —explicó Astrid— si lo quisieran muerto ya lo habrían matado. Lo van a torturar para sacarle información y probablemente luego lo conviertan en esclavo ya que es un hombre joven.

—Eso es terrible —dijo Krass.

—Pero si lo mantienen con vida entonces debemos rescatarlo de alguna manera —concluyó Saki.

—Sí —coincidió Astrid— pero solo hay un hombre que puede ayudarnos… mi señor Hermann, el rey de mi tribu, los queruscos.

—Hermann… —masculló Krass— ¡Arminio!

—Sí, así lo llaman los romanos —reconoció Astrid— el único hombre que tiene el valor de enfrentarse a Roma.