Chapter 13: XIII

Saki se encontraba durmiendo en medio de las penumbras. Súbitamente despertó al sentir un cuerpo encima y una mano que le cubrió la boca.

Al observar sobre ella pudo divisar una figura femenina. Una mujer le colocó un afilado cuchillo en el cuello y luego le susurró algunas palabras en nahuatl al oído que ella no pudo entender, pero que Prometeo tradujo de inmediato.

—Dice que sabe que ustedes no son dioses.

La indígena la obligó a volverse boca abajo y le ató las manos, luego la amordazó y se la llevó lejos.

A la mañana siguiente los restantes crononautas se percataron de la desaparición de Saki.

—¿Y ahora que hacemos? —preguntó el Dr. Krass— no podemos pedirle ayuda a los mayas para buscarla sin revelar nuestra identidad de simples mortales.

—Vamos a la Esfera —sugirió Tony— y talvez allí podamos comunicarnos con Prometeo.

Así lo hicieron. Subieron las enormes gradas hasta la cúspide de la pirámide donde aún descansaba la Esfera.

Tony al principio no supo que hacer. Iba a golpear la Esfera como quien toca una puerta pero ésta se abrió sola y de ella surgió la voz de Prometeo.

—Descuide, Dr. Edwards, sé que están ustedes ahí.

—Gracias, Prometeo, ¿Dónde está Saki?

—La Dra. Takamura ha sido secuestrada. Desconozco la identidad de los secuestradores.

—¿Sabes donde está? —preguntó el Dr. Krass.

—Sí, Dr. Krass, puedo rastrear su localización mientras ella mantenga en su poder el dispositivo móvil ya que estoy conectado a él mediante ondas de radio. A propósito hay otros adentro de mí, les sugiero que se apropien de uno más para que pueda comunicarme con ustedes a donde vayan.

Así los crononautas informaron a Nacán Chan que partirían a conferenciar con otros dioses pero que regresarían pronto y siguieron la dirección que les indicaba Prometeo en rescate de Saki.

Poco después llegó Gonzalo. Su suegro y esposa le informaron de la visita de los dioses, pero aquél español los miró con escepticismo.

Caminaron por muchos kilómetros a lo largo de senderos muy boscosos y repletos de matorrales. Astrid cortaba la maleza con su espada y viajaba a la cabeza del grupo siempre preparada para cualquier ataque, mientras Tony y el Dr. Krass, quienes distaban mucho de tener la misma condición que la germana, sudaban copiosamente y a menudo debían detenerse a descansar.

Finalmente, ya entrada la noche, llegaron hasta una extraña ciudad perdida, enclavada en lo profundo de la selva yucateca. Era de arquitectura claramente mexica pero la breña y las enredaderas se habían apoderado de los edificios y se encontraba en un lastimero estado de abandono.

—¡Shhhh! —advirtió Astrid a sus amigos con el índice entre los labios y les hizo señas para que se agacharan. A rastras observaron a través de un viejo y semiderruido templo pagano.

Un grupo de indígenas aztecas no mayor a las treinta personas realizaban una invocación al lado de un enorme tótem que representaba una serpiente emplumada; el dios Quetzalcoatle. Luego, de una de las casas, emergieron dos fornidos sujetos con aspecto tosco quienes franqueaban a Saki, aún maniatada y amordazada, y la lanzaron a los pies del ídolo.

Una mujer sacerdotisa semidesnuda, la misma que había raptado a Saki horas antes, y que era realmente muy atractiva y voluptuosa, se hincó con los brazos abiertos a los pies del ídolo y le hizo una serie de invocaciones en su lengua mientras empuñaba un afilado cuchillo en su mano derecha.

A pesar de los forcejeos de ésta, los indígenas colocaron a Saki boca arriba al lado del tótem y la mujer sacerdotisa dispuso su daga. Astrid tensó su arco y apuntó una flecha hacia la sacerdotisa, lista para salvarle la vida a su amiga.

Hasta que unas luces intermitentes en el cielo asombraron a todos y un arremolinado viento empezó a azotar el lugar. Los aztecas reaccionaron arrodillándose y postrándose mientras los crononautas estaban atónitos.

Del cielo descendieron lo que parecían ser naves espaciales esféricas que aparecieron repentinamente. Surgían entre ases de luz nacarada produciendo lo que parecían agujeros de gusano que se formaban y deshacían en segundos. Además de las naves esféricas una gigantesca nave nodriza similar a una pirámide escalonada empezó su descenso desde el firmamento.

—¿E… extraterrestres? —se preguntó Tony mirando a sus desconcertados compañeros.

Las Esferas y la Pirámide aterrizaron finalmente y de ellas emergieron unos seres de aspecto reptiloide. Eran bípedos, como un antropoide, pero su piel escamosa y sus rasgos de lagarto no dejaban duda de su origen no humano. Vestían uniformes negros de un material sintético.

Y, para mayor sorpresa de los crononautas, una de éstas esferas aterrizó justo detrás de ellos y fueron apresados.

Saki, Tony, Astrid y el Dr. Krass fueron todos reunidos e introducidos a una misma celda en una de las abandonadas pirámides. La habitación poseía algunas antorchas para obtener luz y éstas permitían ver en las paredes grabados antiguos que develaban historias misteriosas.

—Debemos derrotar a estos demonios —clamó Astrid rechinando los dientes y cerrando los puños (pues le habían quitado su espada, arco y flechas).

—No son demonios, Astrid —explicó Tony con tono vehemente— son extraterrestres… seres vivos pero vienen de otro mundo.

—No son extraterrestres —intervino Saki— miren.

Saki señalaba hacia los jeroglíficos tallados en las paredes. Allí se mostraban representaciones de reptiles enormes con cuellos largos, voladores o con afilados dientes que claramente debían de representar dinosaurios al lado de los seres humanoides. Estos también eran mostrados junto a artefactos tecnológicos y las propias Esferas dibujadas con rayos y resplandores alrededor. Luego lo que parecía ser un hongo como el producido por una bomba nuclear y finalmente los seres emergiendo de las esferas al lado de representaciones de indios americanos quienes se inclinaban ante ellos como dioses.

—¿Ven? —preguntó Saki— son crononautas, como nosotros.

—¿Viajeros espaciales de la época de los dinosaurios? —preguntó dudoso Tony.

—¿Qué ser eso de dino…? —consultó Astrid sin poder terminar la frase.

—Los dinosaurios son unos reptiles gigantes que habitaron la tierra hace mucho, mucho tiempo —explicó Tony.

—Ah… dragones.

—Sí —concedió Tony— sí, algo así.

—¡Eso es imposible! —terció el Dr. Krass— ¿me está diciendo que los dinosaurios desarrollaron inteligencia, civilización y una tecnología incluso más avanzada que la nuestra al punto de descubrir el viaje en el tiempo? ¡Es ridículo!

—No necesariamente —argumentó Saki— ¿hace cuanto existen los seres humanos?

—Unos 200.000 años.

—Exacto. Nos tomó sólo ese lapso de tiempo llegar a nuestro nivel actual de evolución intelectual y tecnológico. ¿No pudieron los dinosaurios, que existieron por cientos de millones de años, haber logrado lo mismo?

—Escuché —intervino Tony— que los dinosaurios terópodos como el velociraptor tenían un cerebro tan grande que algunos científicos piensan que eran tan inteligencia como un chimpancé. Y, bueno, los chimpancés son casi tan inteligentes como nosotros los humanos… algunos paleontólogos han teorizado que, de no haberse extinto, los terópodos habrían desarrollado inteligencia y civilización.

—Pero —continuó rebatiendo Krass— si hubo una especie de dinosaurios inteligentes ¿por qué los paleontólogos no la han descubierto?

—Los paleontólogos no han descubierto todas las especies de dinosaurios u otros animales prehistóricos que existieron —recordó Saki— se descubren nuevas especies cada cierto tiempo.

—Y si tenían civilización —prosiguió Krass— ¿Dónde estás los rastros de ella?

—¡Ay por favor, Dr. Krass! —exclamó Saki— ¿cree usted que quedarán rastros de la civilización humana en 65 millones de años? ¿Nueva York y París estarán todavía allí después de eras geológicas cuando hasta la forma de los continentes sea distinta? Además, mire esto —dijo señalando la ilustración que mostraba un hongo nuclear— quizás los dinosaurios no se extinguieron por un meteorito sino por una guerra nuclear. Si los terópodos desarrollaron tecnología entonces también armas atómicas.

—¡Bravo! ¡Bravo! ¡Son ustedes muy listos! —dijo una inquietante voz desde afuera. Los crononautas se tensaron y observaron al interlocutor. Uno de los seres reptiloides esperaba afuera rodeado de un séquito de guardias quienes abrieron la puerta y le permitieron entrar custodiado por ellos en todo momento. La visión de cerca de aquellas criaturas les resultaba repugnante y aterradora a la vez.

—¿Qui… quien es…? —trató de preguntar Saki.

—Aquí me conocen como Quetzalcoatle —respondió. Era notorio que hablaba en su lengua viperina llena de siseos pero un artefacto electrónico traducía simultáneamente lo que decía al inglés del siglo que hablaban los crononautas. —Tomen, colóquense esto —dijo mostrándoles unos audífonos que asemejaban aparatos de sordera— no les hará daño y les ayudará a entendernos mejor. Están programados para hablar sus idiomas maternos, incluyendo el nórdico antiguo.

Los crononautas obedecieron y, en efecto, todo lo que decía Quetzalcoatle era traducido simultáneamente a sus lenguas natales.

—Sabemos quienes son ustedes —continuó Quetzalcoatle— y de donde provienen. Como pueden ver el viaje en el tiempo es nuestra especialidad.

—¿Y podemos saber nosotros mismos quienes o qué son ustedes? —preguntó Tony.

—Nos llaman de distintas formas —respondió el reptil— Chitahuri, Unas, Nagas... ese último es nuestro nombre favorito ya que se parece más al nombre que nos damos nosotros mismos. Hace millones de años nuestra civilización se enfrentó a la aniquilación, así que yo, como Emperador, tomé a mi familia y allegados, junto a varios sirvientes, y escapamos en una máquina del tiempo experimental. Saltamos millones de años, pero un salto de tal magnitud requiere mucha energía y sólo pudimos hacerlo una vez. Aparecimos en la época en que su civilización más avanzada se llamaba Sumeria. Habitamos el subsuelo donde nos ocultamos y mantenemos nuestra civilización y tecnología superior, pero desde aquellos remotos tiempos hemos sabido manipular bien a todos los grandes imperios humanos. Fuimos los legendarios Reyes Dragones de China, la Serpiente en el paraíso bíblico y, como pueden ver, soy el dios Quetzalcoatle para estos indígenas primitivos.

—¿Por qué se hacen pasar por dioses? —preguntó Tony.

—Es la mejor forma de controlarlos —respondió Quetzalcoatle. —Queremos su servidumbre, obediencia y su sangre… recuerden que evolucionamos de depredadores terópodos.

—¡Por eso los aztecas realizan sacrificios de sangre! —conjeturó Krass— ¡falsos dioses!

—Nuestras armas nucleares aniquilaron Sodoma y Gomorra —continuó Quetzalcoatle— y fueron llamadas “la flecha de Brahma” en el Mahabharata. Nosotros destruimos la Atlántida. ¿No somos realmente dioses? Ahora mi culto desaparece conforme los españoles imponen su cristianismo, pero no importa. La forma en que actúan estos europeos me gusta bastante y es hora de que cambiemos de bando. Ya sacamos suficiente provecho a los aztecas. Ahora tocará buscar un nuevo imperio que manipular.

—¡Sucios demonios! —escupió Astrid en su lengua, aunque los traductores permitieron a todos entender lo que decía— ¡cobardes! Mi pueblo nunca los adoró…

—¿Qué harán con nosotros? —preguntó el Dr. Krass.

—Creo que suponen lo que les haremos. Ustedes saben demasiado y no podemos dejarlos ir.

A la celda entró la sacerdotisa azteca, si bien en cuanto cruzó el umbral cambió su aspecto humano revelando su identidad real reptiloide.

—Al igual que los camaleones —explicó— somos capaces de modificar las células de nuestro cuerpo y podemos hacernos pasar por humanos. ¿O como pensaban que los manipulamos tan fácilmente?

—¿Qué harán con nosotros? —preguntó el Dr. Krass.

—Su viaje termina aquí —respondió Quetzalcoatle— saben demasiado para dejarlos ir. Si se comportan, quizás hasta los dejemos vivir… por un tiempo.

Quetzalcoatle y la sacerdotisa dejaron la celda y los guardias los apuntaron con tridentes que dispersaban carga eléctrica de las puntas. Astrid intentó defenderse atacando a los guardias pero la descarga fue suficiente para lanzarla al suelo semiinconsciente.

—¡Malditos! —clamó Saki quien, junto a Tony, se arrodillaron para atender a Astrid. La nórdica estaba sudando y convulsionándose incontrolablemente por el choque, pero viva.

Poco después los cuatro fueron llevados hasta la nave nodriza. En el interior pudieron ver como los indígenas que habían estado al lado de la sacerdotisa a punto de sacrificar a Saki estaban ahora colgados de cabeza y siendo desangrados vivos.

Los crononautas fueron introducidos a un área esterilizada y con regaderas en donde uno de los guardias dijo: ¡Remuévanse la ropa! ¡Rápido!

—Esperen, esperen, chicos —les contestó Saki— si quieren verme desnuda podría ser en un espacio mejor. Aún unas lagartijas como ustedes deben tener necesidades. ¿Qué les parece esto? Dejen ir a mis amigos y yo haré todo, absolutamente todo, lo que ustedes quieran…

Pero por respuesta recibió un golpe en el estómago. Saki, sin aire y presa de dolor, cayó de rodillas sobre el suelo y Tony se agachó para asistirla.

—¿Fue por decirles lagartijas? —preguntó Saki sin aire.

Instantes después los cuatro fueron desnudados y bañados en agua fría y desinfectante. Tras esto los introdujeron a un laboratorio donde, aún desnudos, fueron colocados sobre unas mesas de operaciones gélidas y metálicas, con las muñecas y los tobillos encadenados mediante mancuernas.

Astrid fue quien más furiosamente se resistía, hasta que uno de los guardias le propinó dos puñetazos a la cara. Entonces dejó de resistirse. Les clavaron agujas para extraerles sangre, muestras de tejido y otros exámenes bastante dolorosos que los crononautas no pudieron identificar su función, o quizás sólo querían torturarlos.

Tras esto los nagas desataron al Dr. Krass y lo introdujeron a una especie de cápsula que, al cerrarla, introdujeron un código en un teclado y el aparato lo congeló en una especie sistema criogénico. Luego hicieron lo mismo con Saki y con Tony. Finalmente se aproximaron a Astrid, le desataron las piernas y la mano derecha y, en ese momento, Astrid reaccionó golpeándoles el rostro a ambos con sus pies.

Ahora era la única persona consciente en el laboratorio, pero su brazo izquierdo seguía aferrado a la mancuerna. Astrid tomó su propio antebrazo y jaló con todas sus fuerzas al tiempo que empujaba también con la extremidad atada. Empezó a gritar por el dolor y la fuerza, pero finalmente y con algo de ayuda de la adrenalina extra, arrancó de sus goznes la mancuerna y se liberó totalmente.

Se levantó de la camilla decidida a liberar a sus amigos, aunque no sabía si estaban vivos todavía. Aferró una barra de metal que usaban los nagas para empuñar los tridentes eléctricos y comenzó a golpear la puerta transparente de la cápsula, pero no logró hacerle ni un rasguño.

—Srta. Astrid —dijo la voz de Prometeo— Srta. Astrid, ¿me escucha?

Astrid se giró hacia el origen de la voz. El sistema portátil yacía sobre una mesa en el laboratorio.

—Sí, te escuchó —respondió ella.

—Hay una cuerda dentro de mí ¿la ve? —dijo refiriéndose a un cable terminado en un puerto de acceso.

—Sí —respondió Astrid tras inspeccionar el aparato.

—Por favor introdúzcala a una apertura similar que haya en algún aparato mecánico de este lugar.

Así lo hizo Astrid y de esa forma conectó a Prometeo a la computadora de la nave naga. La computadora inició así un proceso para tomar control del programa central y utilizar de esa manera los comandos. Una vez logrado, abrió las compuertas de las cámaras y detuvo automáticamente el proceso de animación suspendida.

Tony, Saki y el Dr. Krass emergieron de las cápsulas tosiendo y temblando de frío. Astrid los ayudó a todos, uno por uno, a levantarse y sentarse.

—Sus pertenencias están acá —dijo Prometeo quien ahora conocía los recovecos de la nave y abrió un compartimiento similar a una alacena. En su interior estaba, en efecto, la ropa de los crononautas y las armas de Astrid.

—Gracias, Astrid —dijo el Dr. Krass poniéndose la ropa y calentándose un poco.

—Yo no hice casi nada. Agradézcanle a Prometeo.

—No tienen que agradecerme —se adelantó la computadora— es mi deber velar por sus vidas. Creo que podría copiar los programas de navegación de estos seres y usarlos para controlar el viaje en el tiempo y así volver a nuestra época. Pero me tomaría algunas horas.

—No tenemos tanto tiempo —expresó Saki— esas cosas nos matarán si no salimos de aquí pronto. Propongo que escapemos ya.

—Creo que todos estamos de acuerdo —accedió el Dr. Krass— la supervivencia es más importante.

—Sí, pero esperen —dijo Tony y le removió a los guardias inconscientes dos traductores y tomó otros dos de entre el mobiliario— estas cosas sí nos pueden ser muy útiles.

—¿Pero por donde salir sin que nos vean? —preguntó el Dr. Krass.

—Hay una pequeña compuerta en el suelo, al lado de las cápsulas criogénicas, que conectan con una alcantarilla —respondió Prometeo, y aunque no era una opción agradable no tenían mucha opción.

Astrid hizo uso de su fuerza y levantó la tapa del vertedero y los cuatro crononautas se arrastraron a través de las tuberías que eran suficientemente espaciosas para contenerlos, pero estaban repletas de basura, desperdicios y aguas negras. Algunos de los restos consistían en huesos y sangre humana. Todos vomitaron al menos una vez.

Tras un largo trayecto siguiendo las indicaciones de Prometeo, que tenía acceso a los planos de la nave, llegaron finalmente a un área que colindaba con el exterior. Rompieron una lámina y saltaron al pasto alrededor de la ciudad perdida, corriendo a toda prisa lo más lejos posible.

—¿Los dejará escapar, Majestad? —le preguntó la sacerdotisa a Quetzalcoatle quien observaba todo a través de videos de seguridad. Había visto desde su escape del laboratorio hasta ahora que cruzaban la campiña de la vieja ciudad perdida.

—Sí —respondió reclinándose en su asiento— todo salió de acuerdo al plan. Ellos no saben aún lo que llevan consigo.