Luego de terminar sus primeros quince días en el campamente, con el primer salario conseguido lo primero que hizo fue un envío de dinero para su esposa y su hija en Caracas. También alquiló una pieza en Puerto Quinto, para tener donde llegar en sus días libres. En el pueblo salía en las tardes hasta la casa del maestro donde conversaba largamente con él y con la señora Graciela, contándole de cómo era su vida en Churuguara y luego en la capital. La pareja se había convertido en las únicas amistades con las que contaba Juanito, a parte de Bruncho, en ese lugar tan apartado de su terruño.
A parte del calor insoportable y los mosquitos inclementes, todo parecía ir sobre ruedas para Juanito. Se disponía a iniciar su segunda quincena en el campamento y así lo hizo, siempre con la compañía de su buen amigo, el maestro Wilton. En el octavo día de trabajo de su segunda quincena, Juanito escuchó el rumor que un trabajador de los campamentos había fallecido de manera trágica el fin de semana que acababa de finalizar.
–Maestro, por ahí estaban diciendo los muchachos que mataron a uno de los trabajadores en Puerto Quinto el sábado –le comentó Juanito.
–Amigo, eso es normal por aquí. Por eso es que este trabajo no me gusta mucho en realidad. Ya yo tengo seis meses en estos campamentos y aunque se gana buena plata yo la verdad prefiero regresar a seguir mi vida normal con Graciela. Este año está empezando y con ese que usted me dice ya van tres muertos. La codicia es muy grande por estos lugares y cuando saben que uno trabaja aquí pues se imaginan que uno tiene puras barras de oro en la casa.
–¿Así es la cosa, maestro? ¡Caramba!, yo no sabía que la cosa era tan peligrosa por aquí.
–Aquí siempre hay asesinatos, amigo. Por eso mis amigos aquí son muy contados, no sé si se habrá fijado en eso. Yo desde que llegué aquí he aprendido a estar lo más apartado posible de la gente, en el sentido de no meterme con nadie para que nadie se meta conmigo.
A Juanito le preocupaba esa situación. Incluso, estaba pensando en que quizá no iba a poder aguantarse el año completo, como lo tenía planificado desde su venida al sur, para regresar a Caracas.
La vida en el campamento seguía su curso, calor, incomodidades y sobre todo, la añoranza por la compañía de la familia. Juanito deseaba que los días pasaran lo más rápido posible. Estaba ansioso por regresar con Ana María y Gabriela, sin embargo sabía que su regreso tenía que ser con una garantía económica que hiciera que aquel viaje valiera la pena haberlo realizado.
Una vez finalizada la quincena, Juanito hizo un par de contactos para ver qué posibilidades habían para extender la duración de su contrato que esa quincena llegaba a su final, sin embargo no fue posible conseguir el alargue solicitado, aunque al parecer sus jefes estaban complacidos con su trabajo durante el mes y al menos le dejaron la promesa de ser tomado en cuenta para futuras operaciones con reemplazos. De cualquier modo se marchó contento con la paga obtenida sabiendo que con eso se podría mantener un tiempo mientras salía otra oportunidad en las minas.
Al llegar a Puerto Quinto, luego de asearse se dirigió a la casa del maestro, como se había hecho costumbre, a degustar la deliciosa comida preparada por la señora Graciela y rememorar las vivencias de la quincena que acababa de finalizar en el campamento. Juanito tuvo que emprender una rápida carrera para llegar a la casa del maestro Wilton pues la lluvia que se hacía presente de manera cotidiana, aparecía con fuerza en el pueblo.
–¡Maestro! –saludó jubiloso Juanito al ver a su amigo en el área donde la señora Graciela atendía a los comensales.
El maestro lo saludó sin mucha efusividad, mientras se oían los ladridos alegres de Bronco, un gran perro mestizo con fenotipo de Rottweiler que tenía amarrado el maestro en el frente de su casa y que también había desarrollado apego por el churuguarense.
–Amigo, pase y siéntese. Ya Graciela le va a servir. ¿Ya se enteró lo que pasó?
–No maestro. ¿Qué pasó?
La señora Graciela intervino:
–¡Ay joven!, una tragedia mijo. Al señor Bruncho se le metieron al cuarto una gente que lo quería robar y lo mataron a cuchilladas en su casa. Eso fue la semana pasada. Fue horrible, joven, un hombre tan buena gente como el señor Bruncho.
–¡Dios mío!, pero no puede ser.
Juanito se quedó helado al escuchar la noticia. Era de su amigo de quien hablaban en el campamento. Él había sido la víctima de tan abominable hecho. Su compañero de viaje, su mentor de esta aventura que estaba viviendo ya no estaba. Asesinado para quitarle su dinero, dinero que con tanto sacrificio y esfuerzo había conseguido. Todo por unas monedas sin pensar en la familia que dependía de él y que ahora quedaba a la deriva en la capital. “Se quedó demasiado tiempo”, pensó Juanito, recordando lo que a él le había pasado por la mente en ni siquiera aguantar a esperar el año que tenía planificado en un principio.
–Pobre Bruncho, este año ha debido quedarse en Caracas. Ya él había ganado suficiente plata pero esa ansiedad de tener más lo hizo regresar una vez más –dijo Juanito con la mirada perdida y hablando en voz baja.
–Y usted, ¿qué piensa hacer ahora, joven? –le interrogó la señor Graciela a Juanito.
–Por ahora esperar, señora Graciela. Me dicen que pronto me van a volver a llamar. Bruncho me decía que el secreto era tener paciencia al principio, mientras llegaba el momento de entrar fijo. Por cierto, voy a ver si me llego hasta La Cruz para enviarle una carta a un amigo mío en Caracas para que le avise a la familia de Bruncho, pobrecito el maracucho, vale. ¿Y no sabe qué hicieron con el cuerpo?
–Lo enterraron en el cementerio. El señor Bruncho era muy conocido por aquí y entre varios reunieron unos centavitos para mandarle a hacer una humilde urna de madera para poder enterrarlo como Dios manda.
–Pobrecito Bruncho –repitió Juanito, –venirse a morir tan lejos de su tierra y de su familia –culminó mientras un escalofrío le recorría el cuerpo pensando en que una suerte similar le podría deparar el destino para él mismo.
La muerte de Bruncho había puesto un poco paranoico a Juanito. Esto aumentó su desconfianza en la gente de aquel pueblo reforzando el pensamiento inicial en lo antipática y poco amistosa que le resultaban los pobladores del apartado lugar. Cuan diferentes eran el maestro Wilton y la señora Graciela al resto de aquellos moradores; resultaban un oasis en medio de ese enorme desierto representado por sus vecinos. Juanito optó por no salir mucho de su habitación. Había comprado un ventilador el cual estaba encendido casi las veinticuatro horas del día para capear el inclemente clima cálido y húmedo de aquella inhóspita región. De vez en cuando visitaba a la señora Graciela con quien tenía agradables conversaciones. Ya se acercaba el sábado y estaría de vuelta su amigo, el maestro, para conversar sobre los hechos del campamento y para que éste le dijera si tenía alguna información de algunos nuevos ingresos que estuvieran en los planes de los encargados de la explotación minera.
Al final de la tarde del sábado, Juanito se dirigió ansioso hasta la casa del maestro Wilton Páez para visitar a su amigo que llegaba luego de una quincena más de las minas donde llevaba más de seis meses laborando fijo. Sin embargo, las malas noticias parecían estar a la orden del día.
–Saludos maestro, ¿cómo le fue esta quincena?
–Hola amigo, ¿cómo está?
–Bien maestro, esperando nada más. ¿Supo si van a meter gente en estos días?
–No amigo mío, no dijeron nada de eso, o por lo menos yo no escuché nada.
–Que buena broma, maestro –dijo un decepcionado Juanito. –Bueno, pero entonces en esta otra quincena ya sabe que va a estar pendiente si dicen algo y mete la mano por mí para que no me vayan a dejar por fuera, ¿oyó?
–Ese favor no se lo voy a poder hacer, amigo. Ya no voy a trabajar más allá –dijo el maestro con la cabeza baja mientras la señora Graciela, que ya estaba enterada, miraba con cierta preocupación la escena.
–¿No va a trabajar más allá?, y ¿por qué, maestro?, ¿qué pasó? –interrogó con cierta angustia Juanito.
–Cosas que pasan, amigo. Nos botaron a cinco trabajadores hoy bien temprano. Se perdieron unas pepitas de oro que tenían almacenadas y como no apareció quien lo hizo ni ellos estaban seguros, entonces resolvieron botar a los cinco que habíamos estado en las cercanías del lugar donde ocurrió el robo.
–Pero no puede ser, maestro. Eso no es justo. Lo que tenían era que revisarlos a cada quien y el que no tuviera nada lo dejaban tranquilo.
–Bueno, es que las cosas no son tan fáciles. A todos nos revisaron hasta más no poder pero dijeron que seguro que habíamos escondido las piedritas, que aunque no era mucha cosa tampoco, pero esa gente son muy delicadas con su oro. Lo cierto es que nos embarcaron, después de asegurarse que no llevábamos nada, y nos mandaron para las casas, sin pagarnos la quincena.
–A la broma maestro, pero parece que nos hubieran cagado los pájaros negros –remató Juanito en relación a la mala racha que los estaba acompañando.
Muerto Bruncho y con el maestro fuera de los campamentos, las posibilidades de reingreso de Juanito disminuían de manera significativa, reduciéndose solamente a que el jefe con el que había trabajado lo mandara a buscar cualquier día de esos.
Día a día, Juanito veía como el tiempo seguía transcurriendo sin tener noticias para su reingreso a los campamentos. Mientras tanto el dinero iba en franca merma pues no tenía ingresos y los gastos en Puerto Quinto eran mayores a los de cualquier otra localidad que no estuviera cerca de un campo minero. Cada noche visitaba sin falta la casa de los Páez, quienes regularmente le daban comida sin cobrársela pues conocían la situación en la que se encontraba Juanito. Muchas veces Juanito se negaba a comer alegando que ya lo había hecho, por vergüenza con sus amigos, a pesar que en realidad hubo varias comidas que el hombre de Churuguara se vio forzado a saltarse para estirar en la medida de lo posible el escuálido presupuesto con el que contaba. El maestro obtenía esporádicos trabajos de albañilería con antiguos clientes, aunque siempre eran trabajos pequeños como el frisado de alguna pared, trabajos de pintura o pequeños pisos de concreto. Juanito, que no sabía nada de albañilería, se le había puesto a la orden al maestro Wilton en caso que requiriera un ayudante para alguno de sus trabajos, y esto lo tenía muy pendiente el buen maestro.
Un fin de semana, Juanito se consigue en la calle principal de Puerto Quinto a su ex-jefe del área-27 y aprovechó para abordarlo y contarle su situación y pedirle que lo tuviese en cuenta para el próximo ingreso de personal de reemplazo que tuviera, pues no fue tomado en cuenta para sustituir a los cinco retirados ocurridos en días pasados, entre los que estaba el maestro.
–Ah sí, chico, no te preocupes. En ese lote no te pudimos meter porque ya yo estaba comprometido con otros tres muchachos y por solicitud de otros jefes de campamento metí a los otros dos que faltaban, pero tranquilo que te voy a tener pendiente para el próximo lote, ¿okey? –le dijo el ex-jefe a Juanito.
Juanito se fue muy contento ese día, con la esperanza de poder ingresar nuevamente a los campamentos. “Dios quiera”, pensaba mientras caminaba hasta su habitación a encerrarse nuevamente en ella mientras llegaba la hora para visitar al maestro y a la señora Graciela.
–Saludos, maestro, ¿cómo le va señora Graciela? –llegó sonriendo Juanito dirigiéndose a la pareja.
–¿Cómo está el amigo? –le respondió el maestro quien nunca se dirigía a Juanito por su nombre, pues al parecer, siempre lo olvidaba. –Siéntese, ¿quiere comerse algo?
–No se preocupe, maestro. Yo comí en la residencia –mintió Juanito.
–El señor Meza estuvo hablando hoy conmigo y me dijo para que le trabajara en una casa que va a hacer en la entrada del pueblo. Me dijo que podía buscar gente. ¿Qué me dice?, ¿se atreve a trabajar conmigo?
Juanito sintió como su suerte tomaba otro rumbo ese día. Primero una esperanza y ahora una propuesta formal. Ni siquiera preguntó qué tenía que hacer ni cuánto iba a cobrar, en la situación en la que se encontraba cualquier cosa estaría bien.
–Pero por supuesto que me atrevo maestro. Usted nada más me dice cuándo y dónde y ahí mismo estaré yo –le dijo Juanito al momento que le dio un gran abrazo al maestro expresándole un profundo agradecimiento.
Así comenzaba una nueva experiencia para Juanito. Su trabajo empezó cavando en la tierra para las fundaciones de la casa. También le tocó cargar unos sacos de cemento hasta un depósito que traían en un camión que le hizo el flete al señor Miguel Meza, el dueño de la edificación que comenzaban a levantar. Al mediodía, en medio del calor abrasador Juanito se encontraba con la ropa completamente empapada y completamente agotado. Era un trabajo sumamente fuerte para él pero al menos era trabajo remunerado. Se sentó en la tierra, debajo de una sombra de un árbol que estaba cerca, junto a otros compañeros de trabajo, entre quienes se encontraba, por supuesto, el maestro Wilton. Allí todos sacaron sus viandas y comenzaron a almorzar. La vianda del maestro era de buen tamaño, repleta con comida que le había preparado la señora Graciela. En cambio, el envase que llevaba Juanito apenas contenía un pequeño pan, dos huevos revueltos que había preparado en la mañana y un cambur guineo. Rápidamente se engulló su almuerzo, cerró su envase y lo guardó en el bolso en el que llevaba su ropa para cambiarse al final del día. El maestro que comía su almuerzo tranquilamente, se había percatado mirando de manera discreta la comida de Juanito, y antes que éste se apartara lejos del grupo, le dijo:
–Epa, amigo, ayúdeme aquí que Graciela me puso demasiada comida hoy. Tenga –le dijo extendiéndole la vianda con una buena parte de la comida todavía dentro de ella. Juanito se la aceptó con algo de vergüenza pero sentía que si no se alimentaba lo suficientemente bien podría desmayarse en cualquier momento debido al clima extremo del lugar y a los trabajos fuertes que se encontraban ejecutando en esos momentos. El maestro mostró una sonrisa de satisfacción al ver que ayudaba a su amigo.
Juanito culminó su primer día con una ampolla en la mano derecha, dolores en brazos, piernas y espalda y con el cansancio propio de un duro día de trabajo, sin embargo, se sentía contento que la jornada hubiese terminado y que gracias a ese empleo estaría nuevamente a generando ingresos económicos que necesitaba de manera urgente. “Dios aprieta pero no ahorca”, pensó cuando ya el sueño lo dominaba debido a la intensa labor realizada.
Al día siguiente las cosas no fueron muy diferentes, a excepción de un chubasco repentino que se presentó que hizo que todos quedaran completamente empapados. La lluvia inesperada pareció haber llegado sólo para mojar completamente a aquellos hombres pues así como apareció, de la misma manera se esfumó. El sol reapareció nuevamente con tal intensidad que la ropa de aquellos hombres de la construcción se les secó en pocos minutos sobre la propia piel.
Al llegar la hora del almuerzo, Juanito abrió su vianda y en esta ocasión su menú se redujo a un pequeño pan similar al que trajo el día anterior, acompañado por un cambur guineo, a la vez que veía como sus compañeros llevaban ricos y abundantes almuerzos. Cuando partió el pan y se lo introdujo en la boca con un pequeño mordisco al banano, el maestro le extendió una vianda con un almuerzo completo.
–Tome amigo, aquí le mandó Graciela.
–No maestro, no se preocupe que yo traje mi comida –le respondió apenado Juanito.
–Agarre, agarre. Yo tengo aquí la mía –le dijo señalando otra vianda, –y esta es la suya. Coma, amigo –terminó el maestro entregándole la vianda a Juanito mientras él volcaba toda su atención al envase en el que traía su almuerzo.
–Dios le pague maestro –concluyó Juanito, sintiendo como se le formaba un nudo en la garganta. El maestro sólo sonrió y siguió comiendo.
Los días siguientes de la primera semana Juanito continuaba llevando su humilde vianda diariamente, sin embargo, a partir de aquel día, el maestro siempre le llevaba comida completa para él. Éste era un acto que Juanito agradecía encarecidamente. Para Juanito, el maestro Wilton y la señora Graciela tenían que ser un par de ángeles enviados desde el cielo por el mismo Dios, pues había encontrado en ellos una tabla de salvación cuando se encontraba en medio de un mar oscuro y frío esperando engullirlo en sus profundidades. Estas acciones del maestro eran algo que estarían por siempre en el corazón de Juanito prometiéndose a sí mismo que, algún día, cuando las cosas tomaran el rumbo que, según él, debían tomar y él fuese alguien muy importante y con mucho dinero, él se ocuparía que el maestro y su esposa vivieran en la medida de los posible una vida mejor.
Luego de la primera semana de cobro las cosas iban marchando un poco mejor. Ya tenía como comprar los alimentos para su desayuno y su cena, ya que el almuerzo lo tenía asegurado y de manera copiosa diariamente gracias al matrimonio Páez. Lo poco que le sobraba lo iba guardando celosamente en su maleta de viaje. Evitaba darse gustos en cuanto a comidas que pudiesen tener costos excesivos, y en cuanto a bebidas espumosas frías, pues las veces que no podía resistir refrescarse con alguna cerveza, sentía como si una fuerza superior lo impulsase a tomarse unas cuantas más, muchas veces pagando la cuenta de otras personas por el efecto del alcohol. Esto era fatal para sus finanzas, pues después de seis cervezas él sentía que no podía ser menos que los demás y las cervezas y lo que se comieran corrían por su cuenta. La resaca del otro día de esas ocasiones resultaba ser doblemente molestas, tanto por el dolor de cabeza y malestar general que le provocaban a su cuerpo como por la resaca moral que el mismo se imponía por estar gastando demás sin necesidad alguna.
Los trabajos en la casa del señor Meza fueron avanzando y Juanito se iba acoplando poco a poco a ese ritmo de trabajo y a un sol que no perdonaba a la suplicante piel de Juanito expuesta irremediablemente ante sus implacable rayos. “El llamado debe estar cerca”, pensaba Juanito quien seguía enfocado en su retorno a las minas donde sabía que estaba la oportunidad de lograr conseguir un buen dinero.
–Paciencia, mucha paciencia –decía Juanito en baja voz para sí mismo mientras cargaba los pesados sacos de cemento para realizar la mezcla de concreto.