Chapter 9: Capitulo IX. TIERRA FIRME
Muy temprano los dos marineros llegaron a la bodega y constataron que Luna, aún no se encontraba preparada como se había comprometido su tercer compañero, así que fueron a buscarlo. Éste, los había visto llegar, así que espero a que salieran, sabía que debía moverse rápidamente. Entró, desató a Luna, y le dijo que guardara silencio, cuando de pronto se escucharon pasos fuera de ahí, y la portezuela comenzó a abrirse.
Marinero #3:- Tendremos que enfrentarlos, Luna
Luna:- Estoy contigo
En eso, Jade, apareció ante el alivio de ambos.
Jade:- Gracias a Dios, todavía están aquí
Luna:- ¿Qué haces aquí, Jade?
Jade:- No te voy a dejar sola, amiga, me voy contigo
Luna:- ¿Qué?
Marinero #3:- ¿Está segura?
Jade:- Muy segura – y se abrazo con Luna
Marinero #3:- Bueno, muévanse que tenemos poco tiempo
Salieron por el corredor, y las llevo hasta una parte baja del barco, por el cuarto de maquinas, hasta las propelas, donde había una pequeña escotilla desde donde se podía mirar el inmenso puerto, en el cual ya se encontraba atracado el barco.
Marinero #3: - Desde aquí tendrán que saltar al agua, es la parte menos alta, no les pasara nada, y deberán nadar hasta aquellos barriles – apuntando hacia un sector en que se veía una escalinata. Jade, estaba nerviosa.
Luna:- Podemos hacerlo amiga – le dijo para infundirle valor
Jade:- Tenemos que hacerlo, Luna
Luego, Luna, miro al marinero, le tomo de los cachetes y lo beso rápidamente. Él sonrió.
Luna:- Espero que encuentres tu “reflejo” porque lo mereces
Marinero #3:- Yo también espero que al fin ese hombre se enteré lo maravillosa que eres. Ah, y tomen, en esta bolsa, van unas camisetas y un poco de dinero. Lo van a necesitar.
Luego, de que Luna tomara la bolsa, y para darse valor, las dos mujeres se tomaron de la mano, y juntas saltaron a las frías aguas del puerto. Al hundirse levantaron agua, y luego comenzaron a nadar hasta la escalera, desde donde Luna, nuevamente se despidió de su salvador, quien agitó su mano derecha, y luego desapareció en el interior del enorme navío. Las dos mujeres terminaron de subir, y se escondieron detrás de una pared metálica de un almacén. Ahí, sacaron las camisetas y se las pusieron. Luego, miraron a su alrededor, y notaron que había una gran cerca al final, desde donde por una pequeña puerta, salían muchas personas. Hacia allá se dirigieron, y finalmente pudieron salir hacia la calle.
Jade:- Lo logramos amiga – se abrazaron por un largo momento, ante un rostro apacible de Luna
Miguel, comía alegremente su plato de salmón que le sirvieron de desayuno, mientras Andrés, tomaba su segunda taza de café negro. Sin que nadie lo notara, ya Andrés, había desprendido el poster de la pared, y se lo había guardado debajo de la camiseta que los tripulantes del navío le ofrecieron a ambos para que se vistieran. Ya se les habían informado que era cuestión de pocas horas que llegarían a su destino final. Eso los alegraba, porque de alguna forma no sería mucha la diferencia del tiempo desde que el barco de guerra, hubiera llegado a tierra firme.
Miguel:- Esto está súper delicioso
Andrés:- Parece un niño, Compadre – se sonrió
Miguel:- Hay que decir siempre la verdad ¿No?
Andrés:- Bueno, a veces creo que usted es mejor que yo, Compadre
Miguel:- ¿Por qué lo dice, Compadre?
Andrés:- Usted vive al pie de la letra las costumbres de nuestro pueblo, yo en cambio…
Miguel:- Vamos, Compadre, no conozco a alguien tan honesto como usted
Andrés:- ¿Es honestidad haberle ocultado al pueblo que Katia me abandono para irse a buscar aventuras con un marinero?
Miguel:- No decir las cosas no es lo mismo que mentir
Andrés:- ¿Ah, no?
Miguel:- No, claro que no. Mentir es simplemente decir algo diferente a la verdad, mientras que callar es guardarse las cosas para uno mismo, pero nadie lo sabe. En la mentira usted con sus palabras hiere a alguien, en cambio, con su silencio en algo tan personal, solo se está hiriendo a usted mismo. ¿A quién más le importaría?
Andrés:- Ay, Compadre, dicho de esa forma, me hace sentir muy bien. Usted si sabe como levantarle el ánimo a uno
Los hombres brindaron para celebrar, chocando ambas tazas de café.
Contramaestre:- ¿Todo estuvo bien?
Miguel:- Grandioso, señor
Andrés:- Nada más que pedir, señor
Contramaestre:- ¡Qué bien! Bueno, si necesitan algo, no dejen de avisarme.
Miguel:- Gracias, señor
Andrés:- Deberíamos pedir algo de dinerito ¿No lo cree?
Miguel:- Por favor, Compadre, ellos se han comportado muy bien con nosotros que me apenaría pedirles dinero, creo que nosotros deberíamos buscar cómo ayudarles con la tarea del buque para pagar algo de nuestra estadía ¿No lo cree?
Andrés:- ¿Por qué siempre que hablo con usted, temo que voy a escuchar todo un sermón de moralidad, ah?
Los hombres se vieron y estallaron en carcajadas al unísono. Por otra parte en la Isla, una pequeña embarcación zarpaba hacia tierra firme. Dentro de ella, una acongojada y resignada Ruth, miraba como el bote se movía lejos del muelle, mientras una tranquila Estela, escuchaba música de su reproductor móvil, cerrando sus ojos, para no mirar a sus ancianos padres, que con el corazón compungido miraban como aquella nave se alejaban de sus vidas. El Licenciado Manuel, las acompañaba, llevando la misión de matricularlas en un “internado” para señoritas, por lo que llevaba los papeles necesarios y el dinero para tal cometido. Igual, aprovecharía para llevar a cabo otros negocios en tierra firme.
Manuel:- Bueno, chicas, es mejor que vayan a su habitación y se acomoden, que va a ser un largo viaje, y tengo entendido que es el primero de ustedes lejos de la Isla
Estela:- Así es – dijo con una sonrisa en la cara
Ruth, trataba de no llorar delante del amigo de la Familia, así que se mordía los labios, y apartaba su mirada. Manuel, creyó que esa reacción se debía a la tristeza que ella sentía por dejar a sus padres, así que no insistió más y se limitó a llevar a las chicas hasta el camarote que fue designado para ellas.
Manuel:- Bueno, en un rato pueden subir para que vean el atardecer ¿les parece?
Estela:- Gracias, licenciado
Manuel:- Ruth, sé que ahora estas triste, pero ya verás cuando llegues a tierra firme, que poco a poco te irás adaptando al cambio, y las cosas mejorarán para ustedes dos
Ruth:- Gracias – contestó sin querer agregar nada más
Estela:- Estoy muy emocionada, licenciado – dijo con una sonrisa burlesca
Manuel:- Me imagino – por un momento se retiraba, pero se volvió hacia Estela, que se mostraba muy conversadora – Ah, es extraño que tomaran de un pronto a otro esta decisión de estudiar a mitad de año en tierra firme ¿No?
Estela:- Así es, ¿cierto?, digo a veces, así son las cosas. Inesperadas ¿No? – y luego con una sonrisa burlona, le cerró la puerta en la cara
Ruth:- No me siento bien, estoy mareada
Estela:- Pues, que mal hermanita, pero deberás acostumbrarte porque es lo que querías gracias a esa gran bocota que tienes
Ruth:- Estela, ¿Qué clase de ser humano eres? Aún con todo lo que ha pasado y ¿aún no escarmientas?
Estela:- ¿Y por qué debería? – se sentó en la cama viendo una revista
Ruth:- Vamos, Estela, hace dos días que Luna, ha estado en manos de esos horribles hombres, al saber Dios, lo que son capaces, y cuando se hayan cansado de ella, ¿Qué crees que le harán?
Estela:- No tengo tan buena imaginación como tú, hermanita ¿qué crees que le harán?
Ruth:- Y todavía te burlas de todo esto, Estela, en verdad, espero que Dios te perdone
Estela:- Nos perdone, hermanita, nos perdones, no olvides que tú fuistes parte de todo esto
Ruth:- No hace falta que me lo recuerdes, que bien claro sé de lo que soy culpable y estaré arrepentida por todo el resto de mi vida – en voz baja dijo: - Pobre Luna, perdóname estés donde estés
Estela:- Prefiero escuchar mi música que a ti. Ya me estas aburriendo – se puso los auriculares y le subió el volumen mientras se arrecosto en una de las dos camas del aposento, pretendiendo no escuchar
Ruth, entró en el cuarto de baño y se encerró para llorar, pensando en la vida que estaría pasando la infortunada Luna. No se lo podía perdonar.
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Por otro lado, una desesperada madre buscaba por todos lados a su hija. Katia, había encontrado una carta dirigida ella, escrita por su hija, en la que le explicaba que había tomado la decisión de regresar sola a la Isla, para no ser un estorbo en la felicidad de ella con William, y entre esas líneas no agrego detalle alguno sobre Luna. Desesperada busco a William, y al encontrarlo, casi llorando lo abrazo.
William:- ¿Qué pasa, Katia?
Katia:- Mi hija me abandono, William, ella me abandono
William:- ¿De qué hablas?
Katia:- Me dejo una carta en donde me dice que me deja para no estorbar en mi felicidad
William:- ¿Y por qué escribiría eso?
Katia:- Anoche le pregunté si estaba interesada en que volviéramos a la isla, es que, perdona William, yo estaba muy confundida y…
William:- ¿cómo? Estabas pensando en dejarme ¿fue eso?
Katia:- Si, William, perdona – lo miró con vergüenza – es que anoche estaba bien confundida por lo que me dijistes sobre nuestro futuro y…
William:-…Y era algo que no estabas dispuesta a hacer ¿Verdad?
Katia:- Pero eso fue anoche amor. Pero hoy lo pensé mejor y en realidad, quiero intentarlo
William:- ¿En serio? – Sonrió y la rodeó con sus brazos – Oírlo de ti, me hace muy feliz amor
Katia:- Pero ahora debo salir a buscar a mi hija, William
William:- Lo sé, amor. Lo entiendo, pero solo tienes hasta mañana para regresar porque zarparemos temprano por la mañana, si no estas para entonces, deberás esperarme hasta dentro de seis meses que regresemos, y no sé como podrás…
Katia:- La encontraré para mañana, confía en mi
William: - Confío en ti, amor. Entonces, ve rápido y no pierdas el tiempo
Se besaron, y ella, salió a buscar a su hija, bajando por la escalinata hacia el muelle, únicamente con una bolsa, y poco dinero, sin saber hacia dónde ir. Desde lo alto del puente, William, la miraba alejarse del barco.
Capitán:- ¿Por qué se fue?
William:- Su hija se marcho, señor
Capitán:- ¿Y, por qué no vas con ella?
William:- Ella debe buscarla por ella misma, señor
Capitán:- No te entiendo
William:- Ella está muy confundida sobre lo qué debe hacer, señor
Capitán:- ¿Pero la amas?
William:- Si, señor, con todo mi corazón. Pero, cuando la conocí no me dijo que estaba comprometida con alguien, bueno, tampoco le pregunté, porque la conocí en el comisariato, cuando acepto beber algo conmigo, y luego tuvimos una buena tarde de intimidad, usted entiende señor.
Capitán:- Ah, si ya lo recuerdo, fue nuestro último día en la Isla. Esa vez, llegastes casi los últimos minutos antes de zarpar
William:- Así es señor, y fue hasta que recién me entero que tiene un hombre
Capitán:- ¿Y cómo lo supistes?
William: - Cuando las deje en su camarote, el día que ellas llegaron al barco, sin querer escuche a su hija hablar de su padre, y cuánto le dolía salir de su casa sin dejarle una nota. Ahí supe que había alguien en su corazón. Alguien que ahora debe estar angustiado por su ausencia.
Capitán:- Ah, ya veo. Por eso esa mentira blanca de que ellas deberían vivir en el barco
William:- Así es señor. Apelé al desconocimiento de las reglas de la marina, en la que no se permite civiles conviviendo con nosotros.
Capitán:- ¿Así que ella no sabe de la magnífica casa que tienes en la ciudad?
William:- No, señor
Capitán:- Eres un buen hombre Billy. Bueno, ¿Crees que ella regrese?
William:- No, señor. Ahora que la vi marcharse del barco, supe que sería la última vez que la vería, señor
Capitán:- Son extraños los destinos que nos tiene la vida ¿No?
William:- Así es, señor
Capitán:- Bueno, volvamos al trabajo, Billy
William:- Si, señor
Capitán:- ¡Y tampoco les dijiste qué vivías con tus padres! – Se rió a buen pulmón – No me imagino a alguien con los suegros bajo el mismo techo.
Ambos hombres, bajaron las escalinatas internas, a supervisar el trabajo de la tripulación, riéndose de las ocurrencias que William, le contara a Katia. Al mismo tiempo, un buque carguero, atracaba en otro lado del puerto, y dos hombres se alistaban a bajar apresuradamente a tierra firme. Los primeros pasos por la escalinata hacia el puerto, les asombro. Todo aquello le resultaba algo novedoso para estos isleños, que no se percataron que bloqueaban el paso de otros que descendían y deseaban movilizarse hacia la aduana.
Contramaestre, les gritó:- Muévanse, señores
Eso les hizo salir del trance que el paisaje les había provocado, y lentamente fueron avanzando hasta que los oficiales de puerto, les dieron la bienvenida y les señalaron el camino hacia la salida del edificio principal. Ya en el exterior, caminaron algunas cuadras hasta comenzar a ver que emergía una “jungla” de concreto y metal, que les había mencionado el “licenciado” allá en la Isla. Así, que más fue el nerviosismo que la curiosidad lo que se apoderaba de ellos, al ir observando todo lo que miraban en su entorno.
Andrés:- Bueno, Compadre ¿Por dónde empezamos?
Miguel:- Según esos hombres del muelle que nos dieron la bienvenida, del buque de los marinos, no vieron bajar a ninguna muchacha. Eso significa que ella sigue adentro
Andrés:- Entonces ¿Debemos subir?
Miguel:- Creo que será lo mejor
No tuvieron que caminar mucho, porque antes de llegar nuevamente al edificio de aduana, en una cafetería, se encontraban un grupo de marineros del navío, entre los cuales estaban los tipos que él reconoció como los que había expulsado a golpes del Oro Negro. Así, que se dirigieron furiosos hacia ellos. Tomo del cuello al primero de los marineros, quien al reconocerlo, se asustó.
Miguel:- Dime, imbécil ¿Qué hicistes con Luna?
Los otros siete marineros, se encontraban perplejos por lo que estaba sucediendo pero tampoco iban a permitir que atacaran a uno de los suyos, así que se levantaron y los rodearon.
Andrés:- ¿Qué se traen ustedes?
Marinero #1:- Están lejos de su Isla, idiotas. Si se dan cuenta somos ocho contra dos
Miguel:- Oigan, el resto de ustedes, no tengo nada contra ustedes, solo con este imbécil así que si no quieren salir lastimados es mejor que se vayan
Todos los marineros rompieron en carcajadas ante las palabras de Miguel.
Andrés, dirigiéndose a Miguel:- Oiga, Compadre, creo que ellos no se van a ir, y quieren participar de esta “Fiestecita”
Miguel:- ¿Solo dime donde esta ella? – volvió a interrogar
Marinero #1, casi susurrando y mirando fijamente a Miguel le dijo:- La tiré al mar
Aquello fue suficiente para que Miguel, le soltara tremenda trompada en el rostro del marinero, provocando una reacción de sus compañeros, quienes se lanzaron sobre él y contra Andrés. Aunque, éstos se defendieron, Miguel, demostraba tener mejor efectividad en sus golpes que el propio Andrés, quien pasaba más tiempo en el suelo, cada vez que le propinaban un golpe en el mentón, pero se volvía a levantar. Al final, un Sub oficial, ingresó y les llamo la atención a los marineros, quienes suspendieron la pelea, y ante la orden de aquel hombre, abandonaron la cafetería y regresaron al barco.
Miguel:- ¿Está bien, Compadre?
Andrés:- Creo que me aflojaron dos dientes, Compadre
Miguel:- Me la mataron, Compadre, llegamos tarde – le revelo gimiendo
Andrés:- ¿De qué habla, Compadre?
Miguel:- El tipo ese me confesó que la habían arrojado al mar – y se sentó en una de las sillas tiradas al suelo, la cual enderezo para sentarse
Andrés:- Dios mío, fracasamos. Pobre Luna
Miguel:- Mi “reflejo” dios mío, la perdí para siempre por no haberme dado cuenta cuando tuve la oportunidad - sollozaba
Andrés:- Cálmese Compadre. Debemos ir a la prefectura de este lugar y poner la denuncia
Miguel:- Ya para qué, Compadre, ya para qué
Andrés:- Debemos buscar justicia. El jefe Bungala, es lo que hubiera querido
Miguel:- Seguiré solo, Compadre
Andrés:- Sé que debe sentirse mal ahora, Compadre, pero no se me vaya en lamentos, Compadre, vea que aún lo necesito para encontrar a mi familia
Miguel:- Tiene razón, Compadre, le di mi palabra de ayudarle, y le voy a cumplir, Compadre
Andrés:- Gracias, Compadre, ahora vámonos de aquí y veamos por done empezamos
Un diminuto hombre, de ojos azules vivaces, de tez blanca y de unos 35 años, bien vestido, había visto toda la pelea, y se fue detrás de Miguel y Andrés. Mientras tanto, en algún lado de la ciudad, dos mujeres isleñas deambulaban por las calles, muertas del frio, asombradas de la cantidad y la altitud de los edificios, de la multitud de gente caminando en las aceras, con extrañas vestimentas para ellas. El hambre azotaba, y solo tenían el poco dinero que el marinero les había entregado, por lo que debían decidir si comprar comida o pagar un cuarto para pasar la noche, pues no tenían ni la más mínima idea de cómo regresar a la isla.
Jade:- Tengo mucho frío
Luna:- Necesitamos un lugar donde descansar
Jade:- También tengo hambre
Luna:- Lo sé, yo también, pero no sé si tendremos mucho para comer y pagar un refugio
Jade:- ¿Qué hacemos?
Luna:- No lo sé, pero debemos actuar rápido porque esta por anochecer
Sin darse cuenta, se encaminaron por un callejón enladrillado con piedra de cantera. Era la conocida “carnicería”, una hilera de burdeles a ambos lados de una calle sin salida. En las vitrinas se podía observar mujeres con poca ropa bailando, o simplemente sentadas, coqueteando con los marineros, y algunos visitantes, generalmente masculinos. Uno de los carteles de neón les llamo la atención.
Jade:- Mira, Luna, “El Mejor Descanso”, ahí podremos encontrar una habitación para descansar
Luna:- ¿Te das cuenta, amiga? Solo había que tener fe, para que encontráramos un refugio
Las dos mujeres ingresaron al siniestro lugar, sin tener ni la más mínima idea en donde se encontraban. Una pequeña sala, iluminada con una luz roja, permitía ver el alfombrado del mismo color y unos muebles aterciopelados, como lobby. Una chica de unos 25 años, salió al encuentro de ellas, vestida con un neglillé negro.
Lucía:- Bienvenidas, señoritas ¿En qué les puedo ayudar?
Jade:- Necesitamos un cuarto
Lucía:- ¿Son pareja?
Jade:- ¿Perdón?
Lucía:- Ah, disculpen por mi intromisión, ya entiendo, cierta confidencialidad. ¿Es para un par de horas, cierto?
Luna:- No, señorita, queremos pasar la noche aquí
Lucía:- ¡Oh, qué bien! Son 50 por el cuarto y 20 por la chica que elijan, si buscan un trío
Jade:- Espéreme un momentito – se dirigió a Luna: - ¿Para qué será la otra chica?
Luna: - Seguro para que cuide que no nos llevemos nada del cuarto
Jade: - Cierto, somos extrañas para ellos. Bueno, le pagaré para que podamos descansar
De una pequeña bolsa, extrajo unos billetes, inmediatamente Lucía, tomó los cuatro billetes de 20, y se los metió dentro del sostén, y luego de una de las bolsas de la bata transparente, les entregó el cambio.
Lucía:- Síganme, por favor
Sin saber que ocurría, las dos chicas la siguieron por unos largos pasillos, y luego subieron a la segunda planta por donde se podía observar una fuente en el centro de un patio interno, tipo español, y les mostró una puerta donde se abría hacia una habitación de una sola cama, en forma de corazón. Toda la decoración era del mismo color rojo y un gran espejo en el techo. Ellas entraron, y Lucía, les dijo que pronto les llegaría alguien a hacerles compañía. Las dos chicas se limitaron a agradecer.