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El interior del Ojo era terrible, pero podía ser mucho más acogedor que lo uno podía imaginarse desde el exterior. Los descendientes habían hecho de aquel lugar su hogar, aprovechando las cuevas excavadas en la tierra para hacerla sus casas. A diferencia de las demás razas, ellos podían purificar el agua contaminada que se filtraba con la lluvia, y habían creado grandes depósitos subterráneos de los cuales alimentarse. Algunos eran habitados permanentemente por aquellos miembros de su comunidad demasiado mutados, carentes de piernas como para poder caminar, además que su piel era demasiado sensible a la luz exterior. Otros carecían de brazos y solo tenían las alas, por lo cual no podían trabajar en la extracción de los cristales.
Las familias se componían de varios miembros, comandaba por una pareja. A diferencia de las otras especies, los deberes de crianza eran compartidos, aunque podía darse el caso de que los hombres fueran más autoritarios que so contraparte femenina. Las parejas en su mayoría eran monógamas y de por vida, debido a que la gestación y el crecimiento de los hijos lleva mucho más tiempo que el de las otras razas. Quizás, por ese motivo, había muchos niños, lo cual me sorprendió al principio. Ellos trabajaban también, cuidando a niños más pequeños o a los enfermos que no podían cooperar, así como criaban capibaras, una especie de roedor gigante acuático y de carácter tranquilo, del cual comían su carne. Pero pronto descubrí que lo que ellos producían no bastaba. La mina era en realidad como una gigantesca colmena, que estaba en constante crecimiento y que necesitaba gran cantidad de alimento y energía para mantenerse. los desperdicios eran arrojados en cuevas abandonadas, pero tras doscientos años se habían saturado. Los cuerpos de los muertos también eran enterrados en esas cuevas, y los líquidos de la descomposición había contaminado dos de los cuatro pozos principales que los descendientes habían construido.
Todo esto lo aprendí mientras terminaba de recuperarme de la infección y las lesiones que me produjo la caída. Los niños me miraban con recelo, pero Ciruela le había ordenado a una niña que me cuidara y enseñara su lengua. Era una mezcla extraña de los sonidos, que mezclaba la gramática del zinés y la musicalidad del nerel. La niña se llamaba Lirio, y cuando conseguí manejar su lengua lo suficientemente bien, le pregunté si sabía el origen de su nombre.
–Es una flor, ¿no?
–Sí, crecen sobre la superficie.
Ella estaba trenzando unas tiras de cuero, para hacerse una pulsera. Me daba gracia que tuviera cierta coquetería. Al cabo de un rato, dejó lo que hacía y me miró, con algo de inquietud.
–¿Qué es… una flor?
Parpadeé, pero no debí haberme extrañado por su pregunta. En la cueva crecían algunos pastitos amarillentos con los cuales alimentaban a los capibaras, pero no había ningún tipo de flor ornamental, las cuales precisaban del sol para prosperar.
Afortunadamente, había sido arrojado con el pequeño diario de viajes que había cargados desde mi partida de las islas. Tenía un trozo de carbón, y comencé a dibujar una flor de lirio. Siempre había tenido talento para el dibujo, y la niña me miraba con atención. Cuando terminé, arranqué la hoja y se la di.
–Así se ve una flor de lirio. Son de muchos colores, desde el blanco al rojo, y las sirenas se las ponen en los cabellos cuando es época de fiesta.
–¿Tú sabes escribir? –, me preguntó, al cabo de un tiempo de admirar el dibujo.
–Sí.
Volvió a tenderme la hoja, y en las runas de mi lengua escribí “Lirio”.
–Así se escribe tu nombre.
Fue la primera vez que la vi sonreír. Tenía el cabello castaño y los ojos del mismo color, y al sonreír podía ver los dientes de adulto que comenzaban a reemplazar los de bebé. Salió corriendo para enseñarle a los otros lo que le había regalado, y pronto muchos otros niños comenzaron a perderme el miedo y pedirme que les enseñara cómo escribir su nombre, así como que le contara historias de la superficie.
Les conté sobre el gran mar rojo, teñido así por la sangre de la gran serpiente madre. En el suelo dibujé con un palo la forma de Lavinia, y a la ballena madre, que custodia el nido de donde todos los nereles nacemos. Les conté sobre cómo fue construido el gran palacio, luego de que cientos de caracoles respondieran al llamado de la primera reina madre, los cuales se amontonaron uno sobre el otro, adhiriéndose con su baba y construyeron la gigantesca caracola que lo compone. Cada vez que contaba sobre algo que no conocían, debía hacer una pausa y explicarlo, lo cual era agotador, pero los niños me miraban llenos de entusiasmo.
–Parece que les agradas–, me dijo Ciruela mientras comíamos un caldo bastante desabrido–. Todos los niños comparten las historias que les has narrado, y juegan recreándolas.
–Me pidieron que les contara sobre el mar.
Ella asintió, mientras seguía comiendo.
–Lo cierto es, que espero que lleguen a verlo. La colonia, como debes haberte percatado, no tiene demasiado futuro, si sigue de esta manera.
Solía reunirse con los diferentes líderes de familias y discutir acerca de los pasos a seguir. A diferencia de los otros descendientes, que habían sido traído del exterior o nacido en el Ojo, Ciruela había aparecido un día, mientras la cargaba un lobus en sus fauces. La había dejado al pie del árbol de flores blancas, y había partido. Su extraña apariencia y la capacidad para poder saber lo que pensaban y sentían las personas hizo que comenzara a ser admirada y considerada una suerte de profetisa. Consiguió que las familias se aliaran y trabajaran en comunidad, sin competencia por los recursos y logrando que más niños llegaran a la madurez. Con cierta amargura, me conto que muchas veces había visto a descendientes adultos y fuertes recurrir al canibalismo, cuando los zinos decidían castigarlos por no extraer la cantidad de cristales que ellos pedían.
–Ella hizo que los capibaras descendieran desde la superficie–, me contó Lirio–. Puede hablar con los animales. Ella fue la que hizo que bajaran.
No creía que alguien fuera capaz de tal cosa, y si lo tuviera, no me parecía un poder demasiado practico. Lirio me dio un pellizco, y juró que me decía la verdad.
–Tiene poderes peculiares, no como nosotros. Podemos hacer que los cristales brillen y extraerlos sin dificultad. Pero su presencia siempre produce algún tipo de efecto extraño… cuando la gente grita y pelea, sólo basta con que ella diga una palabra, y dejan de pelearse.
Si ella poseía tal poder, era algo de temer. Una persona que con su mera presencia pudiese controlar los ánimos bien podía convertirse en un tirano. Sin embargo, todo poder o influencia debía tener un límite, cosa que deduje porque todavía vivían en aquel sitio. Ciruela, con su capacidad para influir en la mente de las personas y hablar con los animales, no podía llegar a influir en los zinos que mantenían a su pueblo encarcelado.
Recordé al capitán y a Lapina, ¿acaso aquella niña había servido como nexo entre los zinos, en un intento de hallar un aliado que los asistiera? Miré a Lirio, quien les mostraba a sus amigos los dibujos que le hice, y sentí una extraña calidez en el corazón.
–Es su hermana menor–, me dijo Ciruela, mientras comía aquella carne hervida sin gusto.
–¿Disculpe?
–Lirio. Es la hermana menor de Lapina.
–¿Acaso… me leyó la mente?
Ciruela sonrió.
–Tu mente es mucho más fácil de leer que la mayoría de las personas que he conocido, ya se trate de nerel, zino o descendiente. Parece que tienes cierta habilidad natural para congeniar con las personas, eso me dijo Lirio.
Sentí mis mejillas arder, sin saber exactamente porqué.
Los niños comenzaron a cantar, y los cristales comenzaron a brillar a medida que sus voces se elevaban, y sentí como una presencia o fuerza recorriera los túneles, pasillos y huecos de la mina. La canción era la misma que había cantado Castora al niño que tenía a su cuidado, hablando de aves que volaban bajo el sol, desafiando las nubes, el viento y la lluvia. Me dio mucha pena oírlos cantar sobre cosas que jamás habían visto.
–La colonia está en crisis–, dijo ciruela, cuando los niños dejaron de cantar. Los cristales dejaron de brillar, cada niño se dirigió al sitio donde vivía–. Debo sacarlos de aquí, o volverán a comerse unos a los otros, como antes–, dijo, mientras terminaba de comer. A pesar de que la comida era horrible, no podía darse el lujo de desperdiciarla. Le entregó el plato vacío a una descendiente, y me dijo que la siguiera a su casa.
Cuando nos halamos a solas, me hizo sentar sobre la cama, y me tomó de la mano. Fue entonces que unió su mente con la mía.
Oh, cuánta, cuánta piedad había en su alma, en su corazón. El amor sincero que sentía hacia cada ser que habitaba en aquel horroroso sitio solo puede compararse con el de una madre, que lamenta el sufrimiento de que sus hijos padecen. En la comunión de mentes que tuvimos, sentí que mi alma hacia contacto con algo puro, algo que estaba más allá de lo posible. Sin embargo, allí estaba ella, en carne y huesos, tomándome de la mano con fuerza, para que no me perdiera en la corriente de recuerdos y sensaciones donde mi identidad deseaba extraviarse. Ciruela apareció con la forma de una mariposa blanca, delicada y brillante, y se posó sobre mí. Recordé e canto de las ballenas, y la imagen de Bahamut cruzó aquel espacio, nadando entre la corriente de imágenes de recuerdos. Me cogí de su cuerpo, y nos posamos sobre el lomo de la ballena, la cual alzaba y baja sus grandes aletas.
Reconocí el recuerdo. Era de antes de haber nacido, cuando la ballena cantaba a los niños que ya estaban listos para dejar el huevo.
–Debes regresar a la superficie. Tu lugar no está aquí.
Volví la mirada, y pude ver que la mariposa de luz comenzaba a ascender, alejándose. Comencé a llamarla, asustado y triste de perderla, mientras bajo mis pies la ballena se desvanecía, junto con el resto del recuerdo. Las imágenes se comenzaron a derrumbarse una sobre la otra, como cuando un castillo de arena es llevado por las olas, y se mezclaban en un caleidoscopio incomprensible. Sentí que me ahogaba, y al abrir los ojos me encontré sentado sobre la cama que había estado. Ciruela ya no estaba, pero me había dejado los diarios de Buró y un colgante de nijita.
Cuando surgí del interior de la mina, los zinos no tardaron de rodearme, pero algo en sus ojos me indicaba que no deseaban hacerme daño. Fue entonces que comprendí que los que estaban apostados allí sentían una conexión con ese lugar, un lazo con los descendientes y su extraña profeta. Me ayudaron a salir del ascensor, y el olor a azufre no me molestó, había pasado tanto tiempo allí abajo que ahora la claridad era lo que me molestaba.
El nuevo capitán decidió escoltarme él mismo hasta el fuerte, donde descubrí que Castora seguía allí, pero el bebé que conocí ya había dejado de serlo. Ahora era un niño al borde de la pubertad, con ojos celestes y apariencia y salud muy frágiles, cuyas alas eran pequeños apéndices de plumas amarillas. Lo vestían de blanco, un color muy poco común entre los zinos, el cual solía estar reservado para las personas de alta categoría o respeto. Castora, por su parte, había envejecido muchísimo, tenía la piel casi translucida y arrugada, sus alas eran un montón de plumas grises, y me sorprendió saber que apenas habían pasados dos años.
–Dicen que aquí el tiempo pasa de manera diferente–, me dijo, mientras me dejaba entrar a la casa. El gobernador había muerto, y ella fue designada como cuidadora del niño–. Su majestad ordenó que nos quedemos aquí hasta que el momento sea propicio.
–Se refiera a que muera el rey de Zinar.
Ella asintió. El rey demostró ser más fuerte de lo que su hijo y sus secuaces habían esperado, por lo cual la coronación de Brandon y la presentación del niño como una bendición de su ascenso se demoraban. Castora estaba asustada por Ian, ya que crecía a una velocidad anormal, y su salud era demasiado delicada para permanecer en aquel lugar.
Sospechaba que la energía de los cristales, además de proteger de la cristalización, debía de tener algún efecto nocivo en los zinos, haciendo que sus organismos se acelerasen y envejecieran mucho más pronto. Un niño, al estar en crecimiento, hacía más evidente el efecto que en caso de un adulto. Los descendientes, al ser más resistentes, disfrutaban de vidas muchas más normales.
Ian no conversaba con nadie más que con Castora y la sacerdotisa de Cryo, la cual se lo llevada cada día para instruirle en los misterios de su culto. Sin embargo, en las pocas ocasiones que pude tenerlo cerca, pude notar que no era solo un descendiente, sino que había algo especial en él, como en el caso de Ciruela. Su presencia parecía que influía en las personas a adorarlo, aun cuando era un niño cruel que se reía mientras aplastaba pollitos con sus manos. Nadie podía negarle lo que pidiera, porque si comenzaba con un berrinche, sus gritos hacían que sintieras que el corazón iba a estallarte dentro del pecho. Fue así como logró quitarme el colgante de nijita, a pesar de que me negué muchas veces a entregárselo.
Cuando lo tuvo en sus manos, fui capaz de apreciar el brillo malicioso de aquel que no conoce la piedad, pero que tampoco conoce el amor verdadero. Su energía era totalmente distinta a la de Ciruela, quien a pesar de la crueldad y lo difícil de su vida, actuaba como una madre para todos los descendientes. Internamente, le pedí a Bahamut que el rey viviera lo suficiente para que aquel malcriado envejeciera y un pudiera dejar ese lugar.
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